Conversación con el Homenot Félix Grande

Conversación con el Homenot Félix Grande

Una tarde de reencuentro, tarde rara que nunca existió. Hoy es siempre todavía. Y el tiempo se disloca cuando me cuelo en tu cabeza que piensa en un presente continuo al que me asomo ahora y veo cómo ocurrió tu vida llena de miedos y convicciones. Quiero mantener una conversación contigo, con tu miedo, tu mirada profunda al abismo del vacío. Imposible quedar insensibilizado ante el derrame y la sutura abierta. Tus canas son de brillo limpio, salen por ellas los pensamientos más leales al amor y al desasosiego vital, tolerado por testarudo y rotundo. Llevas dando saltos de un mundo a otro desde el día treinta de enero de dos mil catorce en el que te fuiste a cazar alegrías. Estuvimos con Paca, tu compañera, y Guadalupe, la niña, acompañando su dolor y orfandad tan duras como son todos los abandonos y todas las soledades. Y te encuentro sentado, Félix, aquí al lado de mi casa, bajo un árbol milagroso que me recibe todas las mañanas al salir de mi hogar. Eres un poeta de altura definitiva, de acierto luminoso y hondura perfecta. Te presentas con uno de tus reconocibles trajes de tela vieja y hombros enormes que te hacen tener una aire de nadador olímpico arruinado. De galán sin suerte. Tan vital como eres, como eras.

_Hola Tío Félix, ¿cómo estás?

_Sin duda ya no tengo miedo Juan. ¿Y tú? ¿Qué haces después de nueve años en los que ausente te sigo esperando?

_¡Genial! Hago lo de siempre Félix, camino a tientas.

_¿Por dónde? No reconozco estas casas bajas, ni estos cielos tan azules.

_En el puro mediterráneo, en Barcelona, en Catalunya. Tierra de libertad donde me di cuenta de que en el instante de la primera desdicha del primer miembro de la tribu, la libertad se aprende. Igual que la obediencia al crecimiento de nuestra dignidad. Como Marsella, Barcelona tiene un puerto precioso que a veces llega hasta la puerta de casa.

_Es por eso que tengo los pies mojados, ¿verdad? Es una sensación agradable porque el calor es pegajoso aquí.

Félix me mira con distancia de viajero. Saca un cigarrillo de una cajetilla y me pide fuego. La tarde es radiante, cegadora. Se me mete en el sentío su voz hipnótica que me hace retroceder cuarenta años y me acuerdo de cuando venía a casa a trabajar en los textos teatrales con mi padre, un trabajo que tuvo como resultado dos espectáculos estupendos, Persecución (1979) e Ítaca (2006). El primero me cogió muy pequeño, en el segundo hice la música con los poemas de Esquilo y Félix; la dramaturgia de padre logró el milagro.

­_¿Qué esconden las palabras?

_En mi caso, creo ya poder saber, poder comunicar, poder decir sin mentir que a quien fundamentalmente debo mi maravillosa relación con las palabras es al horror de la Guerra Civil. Te cuento una imagen de aquel pavor.

Hace ya años, después de la muerte de mi padre, mi madre me habló, un domingo por la tarde, de cosas que no me había contado nunca. Me refirió algo que yo ya sabía, y es que cuando venían los bombardeos a Mérida, cuando se avisaba de que volaban los bombarderos sobre la ciudad, sonaban las sirenas y la gente corría a los refugios. Cuando las bombas cesaban de caer las personas salían de aquellas guaridas camino de sus casas, camino del terror. Un día mi madre, al volver, encontró el cadáver de alguien que no había llegado a tiempo a ningún refugio. Aquel hombre había perdido un zapato en su definitiva carrera y tenía la cabeza boca abajo, había caído de bruces. Mi madre, durante unos segundos estuvo loca, completamente loca. Ella sabía que mi padre estaba en una trinchera republicana, luchando, lejos de Mérida. Pero se acercó al cadáver, se inclinó para darle la vuelta al cuerpo sin vida de aquel hombre porque tuvo el violento barrunto de que era su marido. No lo era. Mi madre lloró de compasión y de alegría. Yo iba, niño pequeño, en los brazos de mi madre. Me interrogo si en aquel momento, en aquella escena absolutamente primordial, aquella escena que es la semilla del espanto, heredé mi amor a las palabras. Porque mi madre adquirió un terror durante la Guerra Civil del que no pudo desprenderse jamás. Ni cuando moría ¡Tenía los ojos despavoridos! Y yo, bebé, iba en sus brazos aún conectado a su vientre. Fue en ese momento cuando se me enquistó un dolor que solo se aliviaba por la palabra. Por el juramento inconsciente que hice al horror y al espanto de que jamás los olvidaría, que serían mis compañeros y compinches de vida, para lograr seguir viviendo yo. Un pacto que me permitió estar en el mundo. No pude olvidar. Este es el territorio en donde se sembró mi relación con las palabras. Las palabras no son mías, las palabras son posiblemente el prodigio, el milagro más democrático y maravilloso que han creado los seres humanos, nuestra especie, para protegerse y defenderse de sí misma.

Cuando el hombre inventó el fuego fue para aspirar a no tener miedo, fue para espantarlo. Miedo de la noche, miedo de los animales inconcebibles y enormes, miedo de las tribus enemigas que no venían a dialogar, ni a pactar, que venían a matar y morir. Y pienso que las palabras tienen mucho que ver con aquella hoguera, con aquel primer fuego. Son infinitamente anteriores incluso a la Guerra Civil, y son anteriores a nuestros clásicos en los que hemos aprendido casi todo. A veces he pensado que escribía libros porque tenía miedo, y los publicaba porque tenemos frio. Creo que si miramos la hoguera originaria con un poco de caridad y algo de inteligencia veremos cómo dos de aquellas manos eran nuestras manos. Yo también tuve miedo durante toda mi vida, y tuve frio durante toda mi vida. Nada mejor que las palabras, que el fuego originario, democrático, que el fuego absoluto para todos. Nadie nos ha podido quitar las palabras, las palabras no tienen dueño, las palabras somos toda la especie. No ya para ser poeta, sino para dejar de estar aterrado necesitaba la palabra.

Pero ahora estoy mejor Juan, estoy mucho mejor… Ríe.

En la obra de Félix Grande insisten dos empeños con obstinación. La lucha contra el olvido por un lado y la búsqueda y defensa de las libertades. Por eso habla de los gitanos con tanto respeto y saber. Él fue de los primeros en decir abiertamente en su monumental obra “Memorias del Flamenco”, Premio Nacional de las letras 2004, que esta música es en raíz, gitana. Y lo dijo porque conoce a la perfección el miedo. Para ser poeta es necesario este conocimiento y sensibilidad.

_¿Dónde habitas ahora?

_En el lugar del olvido, donde soy pasto en la memoria de cualquiera. Tuve la oportunidad de dejar constancia de mi paso por el mundo. Escribí hasta volverme loco, amé hasta renegar del amor, me cansé y descansé. Tuve amantes y premios, reconocimientos y satisfacciones. Logré un solo triunfo, mi hija Guadalupe que con una última sonrisa quiso venir conmigo aquella mañana. La encuentro cerca, está cerca de mí. Somos olvido porque dependemos de la memoria del otro. Mi niña no tuvo hijos, no tuvimos nietos Paca y yo. Guadalupe mira con ojos encendidos de belleza y bondad natural, no deja de desvelarse por encontrar un escape al miedo y al dolor que le dejé en herencia. Ha sabido recorrer medida tan fatigosa espantando las ecuaciones del pánico y el sobresalto que mi madre nos dejó dentro. Ella es mi luz exacta.

_Veo tu sonrisa Félix, tu cuerpo, tus canas, tu nariz en mis siestas. En alguna siesta escucho tu voz adorable, tus hombros de nadador, tus manos blancas largas y finas. Te recuerdo. Fue una tarde, en casa, después de una comida familiar con los amigos que cogí mi guitarra y empecé a cantar unos cantes para ti. Tú te levantaste de la mesa, sin decir nada fuiste en busca de un catre para reposar la comida. Te tengo en mis siestas metido en la cabeza. Cuando miré a mi alrededor después de una ristra de soleás, quedaban todos los demás sentados a la mesa, y tú no estabas.

Un velo blanco cae con suavidad dócil sobre la cabeza de Félix que sigue hablando, pero ya no escucho su voz. Veo su boca muda moverse, su cuerpo gesticula serenamente. El velo cae de una rama del árbol debajo del que hemos estado charlando este rato. Es una gasa que lo desvanece todo, tersa que hace relucir aún más esta tarde radiante. El poeta, el novelista, el flamencólogo, el crítico, el articulista, el padre y esposo, el amigo, el amante y el seductor, el hombre de la palabra lastimosa y desoladora vuelve por donde ha venido dejando un reguero de alegría. Creo que esta familia que os comparto ha sido importante para todos, para mi familia el conocerlos, para el mundo por su obra y labor. Una labor de enseñanza por encontrar la raíz más poderosa del ser humano, la memoria y la libertad, la belleza de la bondad, el amor y el sexo, la poesía en palabras llenas. Paca era poeta, Félix era poeta, Guadalupe, tan hermosa y con tan poca suerte, era poeta. Han desaparecido los tres para dejarme una hermosa tristeza, para dejar en el mundo un vacío incurable. Con alegría os invito a conocer su firme obra. ¡Lo que dejaron es nuestro! Eran generosos hasta la médula.

 

He querido expresarme
Toda mi vida he querido expresarme.
No tengo otro destino, otro afán, otra ley.

Fui actos sucesivos
y el olvido que destilaban
los corroía a ellos y a mí.

Sobre los actos fui palabras
y ellas buscaban una lumbre
que no me calentaba a mí.

Palabras y actos juntos
nada son sin placer del cuerpo.

Ahora regreso de esa vida umbría
buscando siempre calor de mujer.
Palabras y actos sólo allí me expresan.

Tu piel junto a mi piel, eso es lenguaje.


Todo cuanto pretenda enmudecerlo
maldito sea

Félix Grande

 

Félix Grande Lara nació bueno el cuatro de febrero del treinta y siete en Mérida (Badajoz) y murió el día 30 de enero del 2014 en Madrid. Fue enterrado en tierra sagrada en Tomelloso (Ciudad Real)

 Paca Aguirre Benito nació divertida un veintisiete de octubre de 1930 en Alicante y falleció el día 13 de enero de 2019 en Madrid.

¡Guadalupe era tan guapa! Murió, sólo 56 años, en Madrid donde había nacido.

Los tres murieron en enero, casi el mismo día, antes de que la primavera pudiera echarlos en falta. Murieron cerca, casi al mismo tiempo, para no sufrir de ausencia.

  Os quiero

Y cuando muráis vosotros, mi carne, quiero estar con cuidado, limpio. Vestido con ropas recién planchadas, fresco y comido, bebiendo agua de una sola fuente. Cuando ya no estéis, vosotros mis amores, os guardaré allí donde nada se pierde, en la comisura de mi memoria que huele a flores.

 

 

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