ARTE
La imagen de los gitanos en el cine
Las películas y las series de televisión pueden transportar al público a diferentes épocas, lugares y mundos imaginarios. Pueden hacer que los espectadores se emocionen a través de las historias que cuentan y los personajes que representan. Pero, ¿reflejan también la diversidad de la audiencia a la que se dirigen?
Esta pregunta se plantea con más frecuencia que nunca en tiempos presentes, con llamados a una inclusión y representación apropiadas. Desde el principio, las películas con o sobre personas gitanas se han utilizado para explotar los estereotipos raciales y crear risas. En realidad, no ha habido dentro de la historia del cine gitano (y que no existe como tal) historias que se centren en movimientos sociales y políticos, ni jamás se ha usado el cine para combatir los estereotipos racistas negativos de todo el siglo XX.
No es una cuestión de hoy, ya en 1936, el film “Morena Clara”, basada en la obra de teatro homónima de Antonio Quintero y Pascual Guillén, ya fue una de las principales “españoladas” del género, donde unos gitanos roban jamones, los detienen y el fiscal, muy buena persona él, acoge a la joven para reeducarla y hacerla una señorita de bien, con tanto éxito que acaba enamorándose de ella. Historia muy parecida a “My fair lady”, que, a su vez, estaba basada en la obra teatral “Pigmalion”, de 1913.
Muchas películas históricamente han caricaturizado la “experiencia gitana”. Hoy en día, incluso las películas que no son abiertamente racistas a menudo perpetúan estereotipos o imágenes dañinas. Los personajes gitanos siempre han recibido menos tiempo de pantalla, menos posiciones centrales en la historia y, con frecuencia, heredando tramas, motivaciones y acciones que son impulsadas principalmente por personajes blancos.
Debido a la limitada representación romaní en la producción de películas, puestos como el de escritor, guionista, director o agentes de reparto, siguen vacantes.
Es importante recordar que la presencia de actores gitanos en la pantalla o una trama que incluya temas de racismo contra la comunidad, no hace una película o programa de televisión representativo de la vida romaní.
Las representaciones precisas y multifacéticas de la vida de los gitanos en los medios se enfrentan a muchas cosas, incluido “la estandarización” de los actores gitanos mediante el uso de estereotipos raciales, la prevalencia de la narrativa del salvador blanco y el colorismo que da sacar un mercadillo ambulante o la celebración de un culto cristiano. Y muchos de estos se derivan del hecho de que, históricamente, las historias de los gitanos a menudo han sido contadas de manera inexacta y dañina por los payos, que en el mejor de los casos no han logrado capturar las variadas experiencias vividas por los gitanos y, en el peor de los casos, han perpetuado una narrativa antigitana.
Ejemplos tenemos miles, pero, sobre todo, cuando ya avanzado el siglo XX vemos patrones que se repiten una y otra vez: Cuando la historia se centra en la vida de los gitanos, y alguno de ellos se salen del “patrón” establecido sobre la vida gitana, sobrevienen los problemas, las ruinas y las matanzas.
Los Tarantos, nos muestran la versión gitana de Romeo y Julieta. Familias que acaban a tiros y puñaladas. La obra de Shakespeare se nos muestra como el culmen del amor, convirtiéndose en el arquetipo de los amantes desdichados que a pesar de las circunstancias llevan su amor hasta las últimas consecuencias. Sin embargo, la versión gitana (tanto la protagonizada por Carmen Amaya y la secuela de Carlos Saura), provocan en el espectador el rechazo y la animadversión hacia los gitanos.
“Se pelean, se matan entre ellos porque no dejan a los chiquillos estar juntos. Es que tienen sus costumbres y no se integran”
Lo mismo ocurre con otras películas más nuevas como Gitano, con Joaquín Cortés; Alma Gitana, con Amara Carmona y Pedro Alonso (la Casa de Papel); o recientemente con Carmen y Lola; o la novela de la no-escritora Carmen Mola y su posterior representación en una serie: La novia gitana. El mismo patrón: Alguien se sale de la “tradición gitana” y ocurre una catástrofe.
Actores y actrices encarnando papeles de malos, de ladrones, analfabetos, incultos, y por supuesto, traficantes. Nada de contar sueños, problemas familiares o historias de amor, quimeras imposibles de conseguir, sobre todo cuando la propia directora de “Carmen y Lola”, Arantxa Echeverría fue capaz de afirmar que:
“O cuenta una paya la situación de la mujer gitana o no la cuenta nadie. Y desgraciadamente tiene que ser una paya porque ellos no tienen voz”
La sociedad asume que los gitanos no son capaces de “vivir normal”, esto es, vivir como los payos entienden que es la vida normal y, si pretenden hacerlo, necesitan el cuidado y la tutorización y llevarlos de la mano.
Y esto no es más que un fiel reflejo de nuestra sociedad. Las instituciones en nuestro país funcionan de manera similar, y la televisión es una institución. Todavía vemos una representación insuficiente de profesores y alumnos gitanos en las universidades, en entornos corporativos y en otros espacios públicos, sectores y profesiones.
Esto también pasa en la televisión y en la explotación de los Gypsy Kings y las Bodas Gitanas. Con décadas ya, de productoras produciendo programas gitanos para la diversión de los payos.
Sin embargo, con los nuevos servicios de transmisión y nuevas productoras, empezamos a ver cambios, aunque sean ínfimos. Porque es importante poner a alguien enfrente de la pantalla, pero también detrás, en la sala de guionistas, tras las cámaras y en la dirección y producción, para tener, o al menos participar en el control creativo.
Porque algo potencialmente diferente puede suceder cuando una mujer gitana escribe un personaje de mujer gitana, o un realizador gitano muestra su visión de lo gitano. En definitiva, crear las oportunidades para decidir sobre sus pensamientos y sus sentimientos, su personalidad y su identidad.
Incluso Disney se ha subido al carro de la diversidad, con películas como “Coco» y «Moana» y «Encanto». Pero todavía tenemos que ver realmente la gitaneidad en ese espacio. Con «El jorobado de Notre Dame», la princesa Disney cumplía el estereotipo de “princesa Disney”, pero, como adultos, sabemos que la representación no es suficiente; tiene que ser significativo e intencional. Porque cuando eres pequeño y antes de que estés críticamente desarrollado, la representación de lo que nos ofrece la cultura del entretenimiento, influye mucho.
Ya hemos dicho muchas veces que los gitanos estamos presente en la vida real: somos otorrinolaringólogos, conductores de autobuses, cocineros, abogadas, psicólogas, pero las artes, sobre todo el cine y la literatura, sigue sin representarnos correctamente.
Necesitamos más representación para los jóvenes. Y todavía necesitamos representaciones más críticas, deliberadas y políticamente conscientes de la gitaneidad para adultos.