Lole Montoya: la cicatriz de la belleza o el despertar de lo oculto
El paternalismo, la figura del padre, nos convierte en deudores eternos. Nos hace querer, necesitar y buscar la aceptación y el beneplácito, la aprobación y, en última instancia, la autorización de la figura paterna. Entonces, la cosa se complica convirtiéndose en dependencia o sumisión. Es la cesión y la renuncia a nuestros derechos individuales más profundos: nuestra voz, la voz propia, desaparece; es más, si aún quisiera pervivir, en cuanto aparezca, será sentida como algo perverso y canalla. La voz independiente, la voz propia, que desea una búsqueda solitaria y sosegada, distinta, a veces discrepante, será sentida como dañina, peligrosa y enfermiza. El padre, la voz del Padre, es la autoridad máxima a la hora de tener pensamientos. Los propios pensamientos son el fruto de la criba que la Voz del Padre hace. Ningún pensamiento pasa sin ser inspeccionado y comprobado por la Gran Voz interiorizada.
Pero un padre de carne y hueso, nuestro padre biológico, no quiere jodernos. Como dice Polonio a su hijo Laertes, en el Hamlet de Shakespeare:
_ ¿Aún estás aquí? ¡Qué vergüenza! A bordo, a bordo. El viento empuja ya por la popa tus velas, y a ti sólo aguardan. Recibe mi bendición y procura retener en la memoria estos pocos preceptos: no reveles con facilidad lo que piensas, ni hagas cosa no bien premeditada. Debes ser afable, pero no vulgar en el trato. Une a tu alma, con lazos de acero, a esos amigos que aceptaste después de probar su conducta; pero, no acaricies con mano generosa a los que acaban de salir del cascarón y aún están sin plumas. Huye siempre de complicarte en peleas; pero una vez metido en ellas, obra de manera que tu contrario huya de ti. Presta el oído a todos, y a pocos tu voz. Oye las críticas de los demás, pero reserva tu propia opinión. Sea tu vestido tan costoso cuanto tus posibilidades lo permitan, nunca arrogante. Rico, no extravagante; porque el traje dice quién es el hombre. Y los caballeros y principales señores tienen el gusto muy sensible en esta materia. Procura no dar ni pedir prestado a nadie, porque el que presta suele perder a un tiempo el dinero y al amigo, y el que se acostumbra a pedir prestado, falta al espíritu de economía y buen orden, que nos es tan útil. Pero, sobre todo, hijo mío, sobre todo, usa la lealtad contigo mismo, y nunca serás falso con los demás, consecuencia tan necesaria como que la noche suceda al día. Adiós, y Él permita que mi bendición haga madurar en ti estos consejos.
Polonio aconseja así a su hijo Laertes desde su responsabilidad como padre. Pero, en realidad, está traspasándole consignas: porque culturalmente son los que son, los consejos digo. La comunidad entiende que un joven Laertes que llega a París, a la Universidad, debe comportarse y ser como se espera que sea. ¡La sociedad impone! La retahíla de consejos con que Polonio se despide de su primogénito son los avisos socialmente adecuados, son las advertencias que cualquier padre haría a un hijo, son las mismas manidas y sinceras argumentaciones de la costumbre.
En una sociedad que elimina, o intenta ocultar el desequilibrio, la inestabilidad y el trastorno esencial de la vida, es una sociedad que busca regularizar y reglamentar solo la luz, y reprimir la otra parte, la oscura, necesaria para seguir plenamente vivos. Con la mejor voluntad, esta sociedad, quiere dar luz a la parte más oscura del ser humano. La intención puede ser buena, podría ser, incluso, sensible. Pero, en el fondo es una actitud ingenua y peligrosa, en el momento que es paternalista y se da desde la caridad. Todo el cine de Berlanga cuenta esto.
Y es una actitud ingenua y cínica, es opresora y es tirana, porque irremediablemente las personas que se mueven con otra energía, con una energía diferente, no merecen en absoluto sufrir ese castigo, que intenta con tensión hacer cambiar algo tan arraigado en la persona y en su naturaleza. La historia entera de la humanidad está escrita así. Es la historia del castigo y de la venganza. Es la historia del juicio público al disidente. Se podría escribir una Historia del pensamiento recopilando estos juicios públicos oficiales. Mírese la sentencia a Sócrates, el juicio moral a las diosas griegas por su depravación, o los diferentes procesos contra los guerreros de la tradición de la India antigua, que ponen en la picota a los héroes más valientes que cometen imprudencia y desordenan profundamente la estabilidad social por su “insensatez y desvaríos; por sus locuras”. El caso de Galileo, o el Dreyfus, el juicio a Oscar Wilde, el infierno por el que se hizo pasar a Alan Turing, y un largo etcétera de procesos que han llevado a la penitencia, a la cárcel, incluso a la muerte a quienes han pensado desde su oscuridad, enfrentándose a la “Luz Social”.
Cuando Polonio dice a su hijo Laertes: “los caballeros y principales señores tienen el gusto muy sensible en esta materia”, lo que le está diciendo es que la sociedad pide, requiere, incluso exige esto de él. Y que como padre ha de ser responsable, y a su vez pedírselo al hijo para que triunfe en la vida. Las reglas están marcadas, como lo están las cartas en el juego. Poder alcanzar el éxito en su vida, hoy en día: una nómina, una profesión con Convenio Regulador al alza que le permita vivir, para continuar pagando facturas. Y esta es la realidad. ¡¡Es el mercado, amigo!! ¡¡Así serán felices vuestros hijos!! Dice la voz del Padre Social, incoherente, ilógica e irracional ¡¡Es el mercado, amigo!! Irracional por antinatural y soberbia, porque desprecia.
Pero un padre, un padre real, dice a su hijo: “Pero, sobre todo, usa la lealtad contigo mismo, y nunca serás falso con los demás, consecuencia tan necesaria como que la noche suceda al día.” Esta es la gran contradicción. Aquí podemos observar la gran paradoja, el enorme disparate entre la voz social que nos empuja al olvido de la fidelidad a uno mismo, y la necesidad absolutamente firme de escucharnos a nosotros, a esa voz interior oscurecida, que es garantía de fraternidad y sanidad personal; de independencia e higiene espiritual y social.
Interiorizar, así, la voz del padre, del Gran Padre, es el intento de conseguir una comunidad social, de acercarse a la convivencia: el entendimiento entre diferentes. Pero esto, a costa de perder los espacios más personales, íntimos e individuales. Esos lados oscuros, esas zonas oscuras son, por la mirada del padre, del Gran Padre, señalados como lugares perdidos, lugares necesitados de la claridad y de luz. Y que se pierden, se difuminan, se ocultan en lugares aún más profundos de la persona donde se enmascaran; esos lados oscuros del individuo pasan a ser, en muchas ocasiones, lugares de secreto y ocultamiento; donde la incomunicación y el extrañamiento propio son sentidos como una responsabilidad social. Como una represión voluntaria, premeditada y aceptada. Abusando de nosotros mismos voluntariamente y con entusiasmo, hasta el colapso personal.
Un espejismo de libertad. Porque cuando interiorizamos la Gran Voz del Gran Padre, ya olvidamos incluso que anteriormente existía en nosotros una voz natural que permitía el alivio, que traía el consuelo y la auténtica comunicación entre pares: o sea, el civismo, la responsabilidad ciudadana, la confianza, la amistad y el respeto. Todo nace de uno mismo. Las normas están vacías. El Gran Padre trae el vaciado de todo aquello que sea personal, íntimo, disruptivo, disidente o contrario a la norma reglamentada. El enemigo es el que tiene una opinión diferente, fruto de un trabajo personal: paciente, aislado y reflexivo. La persona queda vacía de Voz, de su propia voz, quedando a la intemperie del mercado que vocifera constantemente la necesidad de ser buenos, de ser blancos, no oscuros (malos)… ¡¡Porque la Oscuridad trae el peligro y el castigo!! Resuenan las alarmas generando el miedo y el sufrimiento en propias carnes. Como aquel esclavo que pidió el látigo a su amo para flagelarse y calmar así su propia voz interna que le susurraba conquistar la independencia, la autosuficiencia y, en última instancia, su auténtica libertad.
No es casualidad que, en toda iconografía y simbolismo religioso y mitológico, Dios sea la Luz de toda luz, que penetra en las almas de cada individuo. Siendo la Oscuridad de toda oscuridad la carencia de ella. La falta de Luz está íntimamente ligada a la falta de órdenes, preceptos y leyes que traen la ordenada y hermosa hermandad universal, uno de los objetivos de cualquier religión o sistema moral. Esta Luz es la gran metáfora de la Voz Interior. ¡Dios nos habla desde ella! Así, cualquier persona sabe discernir el Bien del Mal, productos manufacturados por costumbre, por La Voz Interior que avisa de los peligros y encamina, adiestra, encarrila y educa al ser humano por la senda del provecho y la productividad para la comunidad. La felicidad de la sociedad depende de ello, de obviar todo lo posible la Oscuridad del ego: allí donde florece lo propio, la luz propia indefinida, la hermandad y fraternidad propias, pero también el egoísmo correspondiente, la transgresión de la norma, y el ansia, sana y natural, de rebeldía.
Dios es lo que ha inventado el hombre para superar la angustia latente en esa paradoja permanente. Es la norma y la Ley que impone paz, y procura relegarnos como individuos independientes y gratificarnos en el proceso de conversión a individuos sociales.
Esta es la genealogía, el linaje y la estirpe de dios. Una idea que nace en el hombre social. Por eso, es tan antigua. Es un viejo concepto, esquivo y torpe, nunca resolutivo y siempre presente, que nos proporcionamos para convivir “pacíficamente”. Sería bueno, por ello mismo, que cada generación pudiera tener su propia revisión del concepto a fin de adaptarlo a su tiempo. Pero, esto iría contra la tradición, nos convertiríamos en rebeldes: ¡¡Y ya estaríamos en las mismas!! ¡¡Desahuciados por la colectividad a sufrir de juicio público!! Por eso decimos, que la necesidad de revisión es la condición necesaria para estar sanos, y que nace de la reflexión y de los espacios íntimos; pero que, paradójicamente, dicha revisión del concepto es juzgada como un delito -blasfemia- contra la tradición y la Gran Voz del Gran Padre: inamovible, inflexible e inmutable que nunca permitirá un pequeño desvarío de la norma, porque entonces, ¡¡ay de Él!!.
Pero entonces llega una artista, Dolores Montoya Rodríguez, y hace estallar toda esta estructura. Con su voz, con su cante, con su delicadeza al contarnos esas maravillosas letras, Lole nos suspende la irritante e incisiva Voz Social para dejar espacio a la respiración pausada de la belleza. Por un rato, mientras la escuchamos, se rompe el armazón de la conciencia. Escuchar su afinación perfecta, su voz abierta, cómo mece el ritmo con un compás gitano que nos obliga a estar siempre atentos, oír el sonido redondo de su cante nos hace recordar aquella voz propia perdida, ahora afónica.
Escuchar a Lole nos permite respirar más allá de la tensión paralizante, destensando las estructuras comunitarias e individuales para dar paso a la mirada interior de nuestro propio espíritu que deja de mirarse obsesivamente, de autocontrolarse con rigidez, de fiscalizar, para dar paso al gozo del encuentro con la belleza que todo lo relaja y calma, encontrándonos en un espacio de placer y creatividad íntima y profunda. La interrupción de lo cotidiano, de la norma y la Ley, nos lleva hasta la belleza: la de proporciones perfectas, la del equilibrio y simetría, la que idealiza a la naturaleza y busca la perfección encontrando lo sublime, aquello que nos sobrecoge. [Pero es que ya no estamos acostumbrados a estar en la belleza, estamos tan extraños de ella que nos produce sugestión y sobrecogimiento, nos puede llegar a turbar y hasta espantar. Mírese al pobre Stendhal que se iba cayendo por las esquinas de Florencia.]
“Todo es de color”, dice Lole Montoya:
“Señor de los espacios infinitos,
Tú que tienes la paz entre las manos,
derrámala, Señor, te lo suplico.
Y enséñanos a amarnos como a hermanos.”
¿Qué es la oscuridad de la que hablamos aquí? ¿Y la luz?
“La metáfora de la Luz que, desde la antigüedad, a través de la Edad Media, hasta la ilustración, domina el discurso filosófico, teológico y social, muestra una referencia fuerte. La luz brota de una fuente o de un origen. Es el medio de las instancias que obligan, prometen, o prohíben, como Dios o la razón. Así, desarrolla una negatividad, que actúa de modo polarizante y engendra oposiciones. Luz y tinieblas son del mismo modo originarias. La luz y las sombras se pertenecen mutuamente. Con el bien está puesto a la vez el mal. La luz de la razón y la oscuridad de lo irracional, o de lo tan solo sensible, se producen la una a la otra.”
Byung-Chul Han. “La sociedad de la transparencia”.
Si antiguamente el quebrantamiento de la norma acarreaba el castigo, ahora el incumplimiento del anhelo provoca frustración. El castigo y la frustración son formas de padecimiento: sentirnos desobedientes con lo que se espera de nosotros y nosotras, construyendo, desde la indisciplina, un palacio propio de cosas necesarias que deseamos hacer, levantando un mundo a nuestra medida.
La oscuridad es el espacio personal donde se dan los propios deseos y se hace la persona. La luz es el espacio social que nos obliga, de alguna manera, a prescindir de nuestros propios deseos para hacer una colectividad. El problema que vemos aquí, su propia complejidad y paradoja, es que allí donde haya ciudadanos sin alma, no se podrá construir una sociedad. Y el alma solo se construye desde el silencio de la Oscuridad propia y personal, íntima. Si una sociedad no se puede crear sin el alma de las gentes, ¡es imposible! confiemos en construir almas que provoquen la construcción de esa sociedad que anhelamos, que buscamos.
Los buenos artistas son capaces de entender y, sobre todo, hacer entender que ésta es una buena salida de aquélla paradoja, de aquél absurdo. Pero el miedo paraliza, las leyes inmovilizan, las normas consuetudinarias entumecen, con el disidente llega el cobarde que no busca problemas. Las buenas artistas, una vez más, nos muestran la sencillez con la que se logra tener el alma grande. Escucharlas trae, siempre, el dulce tránsito hacia la comprensión y la voluntad. Los buenos ciudadanos son los que en sus soledades escuchan, ven, oyen, rumian la obra de las valientes avanzadillas que indican caminos, construyendo su alma para creación de lo social desde lo individual.
La Oscuridad es el lugar de lo íntimo, es el lugar donde se construyen las propias visiones, los propios palacios individuales del entendimiento autónomo. La Luz, la Claridad, es el lugar de lo colectivo, es el lugar donde se construyen las visiones comunes, la construcción de todo edificio social y comunitario, dependiente en todo caso de lo que está dictado, por costumbre y ley, por otros.
Allí donde entra la Luz y la Gran Voz del Gran Padre, no se da el pensamiento, pues éste obstaculizaría el dogmatismo instaurado por la consigna -cuestión de fe- que decreta la Gran Voz.
La ley de la oscuridad nos obliga a mirar el mundo desde la ceremonia y el rito de la iniciación. La Luz, nos lo da todo hecho a través de normas consuetudinarias. En la Oscuridad nos convertimos en seres simbólicos. Con esta mirada contemplativa, autorealizadora e imaginativa, podremos intervenir en la construcción del mundo. En cambio, allí donde todo está marcado y fijado, no tendremos la necesidad del simbolismo que construye mundos propios; es más, seremos sentidos como pervertidores de la unidad social, de la unanimidad, allí donde hagamos intervenir nuestra propia mirada del mundo, que se convierte en simbólica en el mismo instante en que filtramos, elegimos y nos apartamos de lo normativo. En la Luz no encontraremos jamás la fuerza necesaria para la contemplación porque no se dan las condiciones de sombra necesarias para ello; en todo caso tendremos una vaga impresión de ajustado “juicio crítico” que nos llevará a la confusión. Los límites de la Oscuridad están siempre por hacerse, es más, nunca se acaban de consolidar y estabilizar. La Oscuridad es indefinida o siempre está por crearse. En cambio, allí donde reina la Luz prevalece el límite, las vallas, las trincheras, los muros, la frontera y lo acabado, dominando el agotamiento de aquellos que han perdido el territorio de la contemplación y de la creación.
Ahora, aquí, me encantaría preguntar a Lole Montoya, _ ¿Quién es tu dios?
Y ella me respondería: _ “Es la luz después de la oscuridad”.
_ De tu oscuridad, ¿verdad?
_ Sí, de mi oscuridad, que es la oscuridad absoluta y definitiva. Porque es mía. Porque es total.
“No desprecies los rincones oscuros,
donde nacen los recuerdos.
No desprecies los momentos
de oscura soledad
donde se hace el hombre bueno.
No desprecies las heridas,
no confundas las espinas.
No desprecies la palabra,
es normal que tengas miedo.
No desprecies la palabra,
como por ejemplo Eterno,
Infinitamente
o Alma,
que no es más que la esperanza
de escapar de nuestros cuerpos.
Me da pena, por ustedes,
que han de caminar creyendo
que simplemente al final
terminarán cayendo.
No desprecies mis creencias,
porque son mis llavecitas del cielo.”
Esta letra es del tema “Metáfora”, creada por Lole con Alejandro Sanz.
_ ¿Son las llaves de tu cielo?
_ Claro. Y mi cielo me lleva por la vida en volandas. Mi señor me lleva en su seno, cuidándome.
_ ¿Qué diferencia encuentras entre Él y tú misma?
_ Diferencia, ninguna. Es la unión absoluta conmigo misma.
La música es la cualidad de la unión entre Lole y su dios, entre cualquier persona y su dios. La música es el lugar del reencuentro con uno mismo. Momento de meternos para adentro. Y a la vez, desde donde podemos abrirnos al mundo, desde lo más íntimo cobramos fuerzas, por la música, para darnos al mundo, a la colectividad. Pero necesitamos transitar por ese lugar silencioso y desordenado, por no atenderlo lo suficiente, para lograr salir de nosotros mismos con posibilidades reales de entender lo que sucede a nuestro alrededor.
La música es un detonante para lograrlo. Como lo es la contemplación, el sosiego de una siesta, o el silencio de un rato en soledad. La cuestión es entrar dentro de nosotros, allí donde la oscuridad reina, y entendernos para convertirnos en capaces de todo.
Hoy día vivimos en una sociedad donde la transcendencia se olvida dando paso a la irrealidad con la que existimos. La falta de trascendencia nos vacía, nos vuelve vacíos, nos deshabitamos porque nadie vive en nosotros mismos, nos hemos olvidado de nosotros mismos, de nuestra voz personal e íntima. El ser deja de manifestarse para caer en el vacío de la falsa mascarada donde la persona ha perdido sus atributos más humanos (los llanos, los sencillos, a veces mezquinos, inmorales, innobles y despreciables) para asimilarse al distintivo del “buen ciudadano”: la desidia.
Cambiamos la hondura del ser por el vacío de la apariencia, nos olvidamos de la sagrada singularidad para mal venderla por una vida de postureo social. Pero en la contemplación, en la siesta, en el silencio de nuestra soledad podemos encontrar el sosiego, la calma y la placidez de aquello que nos devuelve a lo hermoso, lo que nos desconecta de todo lo inservible para rehacernos plenos, llenos; desde la interrupción de vida, de sentido, de esa maravillosa sensación de plenitud que reconocemos cuando nos sentimos necesarios, ineludibles e indispensables.
¡Qué logro el de la sociedad que ha conseguido reducirnos a evitarnos a nosotros mismos! Para no pensar de verdad, para no escuchar de verdad, para no sentir de verdad: con la música, en mi caso quizás, me vuelvo a encontrar tras una larga ausencia de mí mismo y sé, siento que soy imprescindible para mi vida; parece un chiste. La sociedad, el mercado, ha conseguido extrañarnos de nosotros mismos y que suframos como propio y esencial lo que es, en realidad, ausencia de ser: una gran ingeniería concebida para malograr al ser. La luz -el ruido- irrita por saturación, la oscuridad -el silencio- reconcilia con un sentimiento de plenitud. Por eso, dios es un ruido insistente y terco en los oídos de los que no han logrado silenciarse para, de veras, aceptarse como se es.
Lole lo tiene claro, y con su cante nos lo da claramente.
Qué hermoso sería que, en la vida, en nuestra tierra esquilmada, en el universo, nos volviésemos divinos. Ya no somos divinos. Ya no somos dioses. Nos hemos convertido en siervos, en un rebaño. Es una triste realidad: hoy somos un rebaño, un rebaño del rendimiento diría nuestro filósofo Byung Chul Han, un rebaño de la información y de las redes sociales atenazado por el teléfono móvil.
Vivimos en un infierno, creado por nosotros mismos, en el que ya no queda nada de la divinidad. Habríamos podido ser dioses, habríamos podido ser divinos. Pero vendimos nuestra alma hace ya mucho tiempo a las luces del mercado que anestesian y aturden nuestro espíritu, hemos cedido nuestra sagrada Oscuridad a la falsa paz de la tradición luminosa de la sociocracia, a la embustera y falsa ciudadanía del respeto solo a quien pertenece al rebaño. Vivimos en el redil, y hemos perdido el saludable, honesto y vigoroso nervio de encontrarnos dentro de nosotros mismos para disfrutar de la vida, de nuestra vida, de la única que tendremos.
Discografía
Con Lole y Manuel
- “Nuevo día – El origen de una leyenda” (1975)
- “Pasaje del Agua” (1976)
- “Lole y Manuel” (1977)
- “Al Alba con alegría” (1980) (el título es en recuerdo al nacimiento de su hija Alba)
- “Casta” (1984)
- “Romero verde”
- “Aljarafe”
- “Lole y Manuel cantan a Manuel de Falla” (1992)
- “Alba Molina” (1994)
- “Una voz y una guitarra” (en directe desdel Teatro Monumental de Madrid) (1995)
En solitario
- “Liberado” (1996)
- “Ni el oro ni la plata” (2003)
- “Metáfora” (2018)
- “Cancionero” (2024)
_ ¿Sentiste miedo cuando tuviste problemas, cuando eras joven, y estabas en el puro éxito?
_ Mucho miedo. Sí. Ríe abriendo los ojos de par en par.
En este encuentro ficticio con Lole, ella me cantaría una letrilla.
Dime,
Si has mentío alguna vez.
Y dime si cuando lo hiciste,
sentiste vergüenza de ser embustero.
Dime, dime….
Si has odiao alguna vez,
a quien hiciste creer un cariño de verdad.
Dime..
Si siente tu corazón,
como en sí mismo el dolor de tus hermanos.
Dime..
Si has cortao alguna flor,
sin que temblaran tus manos.
Dime..
Si de verdad crees en Dios,
como crees en el fuego cuando te quema.
Dime, dime, dime..
Si es el cielo tu ilusión
o es la verdad en la tierra.
Dime..
A cada cosa sí o no,
y entonces, sabré yo
si eres mi sueño.
Dime, dime, dime.
A cada cosa sí o no,
y entonces sabré yo
cuál es tu credo.
Dime, dime…
Pero no me he atrevido a llamar a esta gitana para hacerle las preguntas. Así que, las invento. Sepan ustedes, que quizá no esté del todo desencaminado en lo que pudiera, ella, responder.
Lole ha sido capaz de recoger a dios en su alma, transformándolo en pura esencia, trayéndolo, de nuevo, al mundo como Amor. Sin palabras, sin moral, sin agobios, sin leyes sociales. Ella ha conseguido transformarlo en su Yo perfecto, en el Yo único que todos tenemos dentro, pero que no nos atrevemos a sacar. Es la reconciliación con la Naturaleza. Cuando Lole canta y dice, sostiene al universo entero en sus delicadas manos, manifestando la luz que nace de su Oscuridad. Ella sola es capaz de inundar el mundo de Amor, de súplica amatoria y despojar al dios de los hombres de toda innecesaria envoltura de siseo y desaprobación.
Señor de los espacios infinitos,
Tú, que tienes la paz entre las manos,
derrámala, Señor, te lo suplico.
Y enséñanos a amarnos como hermanos.
Enséñales lo bello de la vida.
A hacer consuelo en todas las herías.
A amar con blanco Amor toda la Tierra.
Y buscar siempre tu Paz.
Señor, así no hay guerra.
Todo es de color.
Todo es de color…
A todos mis hermanos y a todas mis hermanas. Lole supo abrir en los setenta del siglo veinte la sensibilidad del pueblo. Supo conectar con la gente a través de su forma de cantar, con la guitarra y sensibilidad de su compañero Manuel Molina, y con las letras maravillosas de José Manuel Flores, un poeta sevillano que conmovía con su verso y que deseaba ser sencillamente un poeta del pueblo.
Consiguieron crear conciencia ecologista: sus letras están llenas de guiños al contacto con la naturaleza y al cuidado de la tierra. Lograron embelesar a una generación de jóvenes con sus mensajes que cantan lo que siempre anhela el ser humano. Se convirtieron en guías en una época de profunda transformación político y social en la España de la transición. En una época trascendente para la sociedad española supieron dar impulso y valor a la voz del pueblo que necesitaba tener un nuevo ideario común.
Lole sabe, hoy en día, ponernos frente a frente con su dios, que es el nuestro. Que es el de todos.
El espíritu de Lole es la oscuridad del mundo hecha blancura infinita, es el despertar de quien duerme, es la maledicencia rechazada y hecha vacío, es la oportunidad de reencontrarnos a nosotros mismos al sentirlo. Su espíritu es el de la artista. Pero de la artista del misterio, de lo oscuro, del silencio y de la soledad hecha triunfo del alma humana.
Con Lole, todas son mayúsculas, porque la palabra ya no tiene el valor de antes, ahora cobra un vuelo de mariposilla, presumidilla y coqueta. Amo a dios cuando escucho a Lole. Creo en el hombre y en la mujer cuando siento a Lole. Entiendo al universo entero cuando oigo a Lole. Me comprendo a mí mismo.
Ese es el viaje de cualquier espíritu que se quiera cuidar, que se dé el valor que tiene. Es el camino del misterio, el camino de la carne hecha palabra, hecha verbo. Es el camino de la espiritualidad, que es sentida sólo gracias a la carne que siente y vibra. Respiremos la voz de Lole, exhalemos sus letras convertidas en nuestra alma.
¡¡Ea, qué disfruten ustedes!!
Cogeos una tarde para vosotros y escuchad a Lole:
https://youtu.be/-yaZFDpIY3E?si=XPIiKttyd5zMUlOs
Emborrachaos de vosotros mismos para que cuando llegue la resaca de la conciencia os coja llenos y plenos de lo que sois, de lo que sea que seáis. No perdáis esta oportunidad de que una maestra os susurre al oído la verdad: que solo estamos para amar y ser amados.

