Tomás Pavón, un ‘homenot’ gitano (2-7-1940)

Tomás Pavón, un ‘homenot’ gitano (2-7-1940)

Día 2 de julio de 1940. He quedado con Tomás Pavón Cruz, cantaor gitano, para felicitarle en su cumpleaños y tener una breve charla. Son las nueve de la mañana y nos hemos citado en un café de la sevillana Plaza de la Mata número 6, cerca de la Alameda de Hércules. Un café de postín elegido por mí que de alguna forma he notado que abochorna a Tomás, un hombre de paso corto, mirada firme, voz apagada y humilde condición. Cuando aparece, sus ojos están hundidos en las cuencas y mira a su izquierda con gesto reposado al entrar en el café, saludando a unos desconocidos que le gesticulan descompuestos. Son unos falangistas que acaban una borrachera y aún no saben dónde caerse. Ellos le reconocen como quien es, pero no pueden decir palabra de la que llevan encima. Tomás les medio levanta el brazo derecho, sin mucho convencimiento. Me mira, sonríe y se me acerca con una mueca que se queda colgada de su boca. No nos conocíamos. Me pongo de pie para acogerlo en la mesa y él, con delicadeza cuidadosa, me ofrece su mano cobriza. Sólo los falangistas con mirada maliciosa y nosotros estamos en la hermosa y deteriorada sala. Nos sentamos cómodamente y empezamos a hablar de cosas sin importancia. Me habla de una imagen recién tallada por José Rivera García, maestro imaginero amigo de la familia y aficionado al cante del maestro. Tomás Pavón es por su cante el artista hombre sevillano más completo del momento, en él desembocan siglos de música gitana y su voz es la clave para entender el cante sagrado. No hay nadie hoy día que tenga un metal tan gitano y que desgrane tanto sentido en sus tercios.

Se nos acerca un camarero de oficio, veterano y ojeroso que clava la mirada en nuestro hombre. Tomás lo mira, queda pensativo unos segundos y pide un carajillo de anís. El agotado sirviente se da la vuelta y se va silbando una tierna melodía que no reconozco.

_ Pregunto ¿Cómo lleva usted la recuperación de la voz? Sabemos que está reponiéndose de una lesión y la operación en sus cuerdas vocales.

_ No me hable de usted. El doctor me operó hace veinte meses, nueve días y todavía no puedo abrir la boca. Los cantes martillean la cabeza, no debo interpretar. El doctor dijo que podría recuperar la voz con tiento y mucho silencio. Salgo a pescar con amigos, escucho a mi hermana Pastora que es la que me cura de tanta falta de cante y paseo con mi señora a la espera. Es una recuperación lenta y sorda.

_ ¿Lleva cerca de dos años sin cantar? La afición está deseando escucharlo. ¿Cuándo volverá a hacerlo?

_ Pronto. Si me sigue hablando de usted, levanto y me voy. La afición va con el aire. Muchos se sacrifican por escuchar y cuando escuchan el paladar les devuelve gloria; otros tienen dinero y no saben dónde tienen el paladar. A mí me gusta convencerme de mi cante, a nadie más le importa. Se me ponen a cantar encima borrachos como cubas y mi sentío se cierra en banda. Los aficionados no saben de cante, lo conocen por encima. No tienen que luchar con el sonido que sale de uno.

El carajillo llega trayendo detrás a un pobre hombre débil de tantas horas de pie. Sigue entonando esa melodía que no consigo reconocer. Deja el potingue y va a seguir aguantando la borrachera de los falangistas. Desde que terminó la guerra, hace un año escaso, el café no sabe a café, las calles aún no son calles y la gente tiene miedo.

_ Tomás, ¿sus hermanos siguen cantando?

_ Pastora es la que mejor ha sabido desde niña porque trae en la sangre la lucha y la dulzura. Es por ella que el cante gitano sigue hoy día. Desde que murió Manuel Torre, en el treinta y tres, la tristeza no se va de las gargantas de los cantaores. Ella ha sabido quitarse la carraspera y los tiene locos a todos, del país y de fuera, que ya quieren llevársela otra vez por esos mundos. Mi hermano Arturo ha casado muy bien y tiene el metal de mi papa en paz descanse. La soleá de Triana, la que hace Arturo. Mi papa nos ponía a cantar delante de la familia cuando venían a casa por alguna celebración y nosotros acabábamos llorando porque no queríamos cantar delante de nadie. Pastora daba un paso adelante y nos libraba, en cuanto abría la boca, de cualquier reproche de padre. Eso me hizo tener el pecho chico y conocer el cante.

_ Usted también casó bien.

_ La gitana de mi vida es una persona deliciosa, buena gente y culta. Trae en el pelo…

Un pájaro se cuela en el café, hace un perfecto vuelo y sale. Miro a Tomás y está con una gran sonrisa de oreja a oreja mirando la puerta del Café abierta, parece un niño. El pájaro, al salir, ha dejado un silencio caprichoso que nos enmudece. Hay algo que se ha atragantado en el cuello del tiempo que hace quedar todo en suspenso. Uno de los falangistas grita: ¡Me cago en los putos pájaros! ¡Viva José Antonio, viva Larrey coño! Un camarada le responde con la voz desfallecida: ¡Calla maricón… Me duele la cabeza! derrumbándose sobre la mesa de mármol.

En voz baja Tomás me cuenta que ese pájaro que acaba de escapar es una Lavandera blanca que vive alrededor de las fuentes de las plazas y a la vera del Guadalquivir. Dice que son pájaros muy inteligentes y que sus madres saben trinar con tal pasión que cada pájaro reconoce a la suya por el tono de su canto. Que son pájaros muy fieles y hasta que no quedan huérfanos no se emparejan.

_ Le preguntaba por su esposa…

_ Buena gente. A mi gustan las mujeres sosas, larguiruchas y buena gente.

_ ¿Qué opina del Flamenco que se hace hoy día? Las seguiriyas de Triana, la de los Cagancho. Ya no se hacen.

_ La juventud tiene muchas facultades y más información que nosotros. Los maestros siguen siendo cuatro locos que se duermen con el cante entre los dientes y se despiertan con  dolor de estómago. Luego están mi hermana y mi hermano. La seguiriya de Cagancho viene de la India y se da solo en los momentos más raros de una fiesta. Por eso dices que se está perdiendo. Hoy ya nadie llega a ese trance en la fiesta donde la comunicación no se hace con palabras sino con gestos mínimos, redondos, ahogados. Hoy se canta como siempre, están los gitanos por un lado y los gachés por otro. Y los negros.

_ ¿Qué será lo primero que cante cuando la garganta le responda?

_ La Seguiriya del Reniego, la Debla y algún querido Fandanguillo a la memoria de mi madre.

Al decir “madre” tartamudea, se le traba la palabra y sonríe. Rio con él.  Se cubre la boca con rubor y echa mano del café que está entero. Se lo bebe de un trago. Mira a través del cristal de la ventana.

_ Los gitanos han pasado muchas fatigas en esta guerra, ¿tiene esperanzas de que la cosa vaya a mejor para ellos?

_ Con los gitanos las cosas son complicadas, nunca se sabe qué va a pasar. Siempre estamos en manos de los señores. Todo el mundo tiene muchas fatiguitas, ¡todos estamos quebrados! Después de tanto encono, la saña ya no tiene sentido y no paran de sonar los disparos por la madrugada. Mi señora vive angustiada. Yo no le escondo que aún queda lo peor. Ya no queda ternura… murmura mirando por la ventana.

Dicen que Sevilla dejó de escuchar el canto de los pájaros la noche que asesinaron a la primera víctima de la Guerra. Los ornitólogos no pueden explicar la ausencia de trinos por las calles de la ciudad durante este periodo. Algunas hipótesis arrojan explicaciones que no ayudan a aclarar el silencio de las aves durante los tiempos de la Guerra. El misterio duró los primeros catorce días del combate. Después las revueltas y la agonía del pueblo a manos de sus asesinos. Los pájaros volvieron a cantar la madrugada del uno de agosto del 36.

Los gitanos dejaron de cantar durante los dos primeros años de guerra. Cuando volvió a cantar un gitano en Sevilla sonó Tomás pregonando el sosiego funesto de una Granaína y la media Granaína.

_ Tienes la maestría de los grandes, esto dicho por todos y por todas; sabes alargar los tercios como nadie, como se hacía de antiguo pero con tu voz natural; un pecho chico y una voz enorme. ¿Quién te va a heredar?

_ Ya no queda nadie. Se fueron Carbonero y el Cojo. De esa semilla ya no nace nada. Hay gitanas y gitanos que chanelan decir los cantes, pero ya visten y comen como jambos… –se queda mirándome más allá de mí mismo, ensimismado– Recuerdo los cantes de Triana, el olor de las casas al entrar cuando era chico, los colores de las enaguas de las gitanas viejas, y los colores de los pañuelos en las cabezas de las jóvenes. Todo eso ya no está. Ahora todo se está amoldando otra vez. Otra vez todo vuelve al principio, tiene que crearse algo nuevo para que lo viejo siga vivo, como un camino que da la vuelta y te deja en el mismo lugar de antes. Eso lo hicimos también en mi generación, es ley de vida. A mí me va a heredar un susurro frío, de noche fría cuando los bueyes estén ocultos.

Su mirada es ansiosa. Lo mira todo como quien quiere echar el último vistazo a las cosas. Se le coloca en la frente un batiburrillo de recuerdos congelados. Nada saco en claro, solo sé que Tomás ya se ha ido de la conversación, de la entrevista y del Café de la Plaza de la Mata número seis donde hemos quedado.

Despierto porque un pájaro ha entrado en el cafetín alarmando a la gente que está disfrutando de su merienda. Una Lavandera blanca. Con el ruido y el alboroto me desvelo. Vuelvo al ajetreo de la hermosa Sevilla en un día cualquiera del frío enero de 2023.

¡Con lo a gusto  que estábamos! Adiós Tomás…

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