Delfín Amaya, ‘Pequeñín’, un icono de la Rumba Catalana
Tenía un don, tenía un don,
cuanto tocaba su guitarra era el mejor.
Tenía un don, tenía un don,
tocando su guitarra dios se lo llevó.
Delfín Amaya, Delfín Amaya,
con sus canciones nos cautivo…
Dos hermanos unidos por la musica,
recorriendo el mundo entero.
Hermano, allí donde estés iré yo…
Tenía un don, tenía un don,
con su guitarra era el mejor.
Tenía un don, tenía un don,
era en la guitarra era el mejor.
Delfín Amaya, Delfín Amaya,
allí don de estés iré yo.
Enlace a la canción
Delfín Amaya, un icono de la Rumba Catalana, nos ha dejado después de pasar unos años con serios problemas de salud.
Se va un gran compositor, un gran músico y, sobre todo, una gran persona con la que, desde muy pequeño, compartí toda una vida.
Recuerdo que me dejaba estar con él cuando ensayaban en su casa. Entonces, Los Amaya eran muy jóvenes y comenzaban a hacer sus primeras grabaciones. Yo tenía apenas doce años y, para mí, ellos fueron un gran referente del que aprendí muchísimo.
Por las noches nos dábamos paseos hablando de música. Me llevaban al cine con ellos y después me dejaban en casa. Ellos ya tenían unos veinte años y yo tenía que ir al colegio por la mañana. Son recuerdos que jamás podré olvidar, porque me adoptaron como a un hermano pequeño y compartí con ellos toda mi juventud acompañándolos a sus bolos, al estudio y viviendo con ellos el día a día.
Fueron tantos los consejos que recibí y tantas las horas que pasamos tocando juntos, tanto con Delfín como con Pepe, que resulta imposible separar mi historia musical de la influencia que tuvieron en mí.
Delfín era un genio a la hora de componer y un gran guitarrista. Era el creador musical de Los Amaya, mientras que Pepe aportaba aquella voz tan singular que hacía de esa fusión un sonido único y personal. Los dos hermanos tenían una compenetración extraordinaria, y eso hacía que sus composiciones tuvieran una magia muy especial.
Los Amaya, los hermanos José y Delfín, junto con otros jóvenes de aquella época como Agustín Abellán, Chango, Ramunet, el Noi, Moncho, Carpi o Juanito del Pocholo, entre otros, marcaron el cauce de la Rumba Catalana. Aunque muchos de ellos tenían sus propios grupos, al principio acompañaron a Los Amaya en sus grabaciones.
Los Amaya ocuparon el trono de la Rumba Catalana en un momento de vital importancia para el género. Tenían la misión de demostrar que la rumba podía continuar sonando, evolucionando y llegando a nuevos públicos.
Con su fuerza y su juventud, dieron a la Rumba Catalana un sonido tremendamente actual alrededor de los años setenta. El momento pedía un sonido discotequero y ellos lo consiguieron a la perfección.
Los más ortodoxos de aquella época podían pensar que el giro que dieron a la rumba era algo extraño, pero aquello era puro «presentismo», que es precisamente lo que siempre ha caracterizado a nuestra rumba: una música viva, que evoluciona y crece, pero que mantiene un hilo argumental con sus raíces.
Consiguieron llegar a una juventud que hasta entonces no se había interesado demasiado por nuestro género. Se rodearon de artistas y productores como Tony Ronald, Alex y Checho Soler, Atlanta, Josep Mas Kitflus y la Tribu Pegasus, músicos de primera fila que consiguieron dar a la rumba un sonido de lujo.
Ampliaron el repertorio, crearon baladas e hicieron que la rumba no fuera únicamente una música para bailar, sino también una música para escuchar.
En aquellos años, Los Amaya eran los rumberos de moda, con un directo contundente. Todavía los recuerdo acompañados por Atlanta, un grupo que tocaba un funk de lo más puro y que supo acoplarse a la Rumba Catalana como pocos. La fusión que consiguieron Los Amaya y Atlanta sirvió de referencia para muchos de los que vinimos después.
Aunque yo comencé en este mundo de la mano de Chacho y de Peret, Los Amaya me adoptaron siendo muy joven. Me dieron el privilegio de compartir con ellos sus ensayos en casa, adonde iba cada tarde al salir de la escuela.
Escuchaba sus discusiones musicales a la hora de componer y los acompañaba mientras grababan sus maquetas caseras en un casete. Fueron tantas horas juntos que, inevitablemente, su sonido se convirtió en una referencia para mí.
Después tuve la suerte de actuar junto a grandes maestros, pero con Los Amaya siempre he tenido una conexión muy especial, difícil de explicar a veces con palabras.
Ellos participaron en mi primer LP, ‘Piña Colada’, producido por Kitflus y la Tribu Pegasus al completo. Fue una producción de lujo que, en aquella época, se adelantaba a su tiempo.
La conexión que sentía con Los Amaya era mutua. Hemos pasado toda una vida juntos, dentro y fuera de la música. Pepe y yo salíamos cada día juntos, escuchábamos música y hablábamos de nuevas ideas musicales.
Era una época dorada para la rumba. Yo comenzaba a ser conocido en este mundo y él era Pepe de Los Amaya.
Conozco mejor que nadie su trayectoria porque la vivimos juntos. Y, quizá por eso, también conozco muy bien el momento que están viviendo hoy quienes pertenecen a aquella generación. Siento que, de alguna manera, estamos recorriendo el mismo camino.
Tengo que aceptar que el tiempo pasa y que todo cambia en nuestras vidas. Es ley de vida. El tiempo nunca camina hacia atrás. Pero no es justo ver cómo grandes artistas quedan apartados en un rincón, sin pena ni gloria, después de haber dedicado toda una vida a nuestra música; después de haber luchado por ella, de haber sido referentes y de haber inspirado a todos los que llegamos después.
Como gitano me cuesta todavía más entender que no cuidemos el patrimonio musical que estamos dejando en manos de nuestra gente mayor.
Confío en la sabiduría de los jóvenes rumberos, en sus ganas de experimentar con nuevos sonidos y de conectar con su público. Es lo mismo que hicimos nosotros cuando éramos jóvenes. Pero también siento que el hilo argumental que ha unido a generaciones y generaciones de rumberos se está haciendo cada vez más fino. Y me preocupa que acabe rompiéndose un hilo de casi un tercio de siglo de Rumba Catalana, de Rumba Gitana y de memoria musical y comunitaria.
Sin tirar de humor negro, y sí de realismo, el siguiente en la lista creo que soy yo, y no me gustaría irme sin ver la estructura que permita ese constante diálogo entre generaciones distintas, un espacio de mentoría musical para mantener un hilo que antes, imagino que, por las condiciones de vida en el barrio, se mantenía de forma natural, pero que ahora necesita de apoyo institucional.
Necesitamos que todo ese patrimonio musical que nuestros mayores construyeron con tanto esfuerzo no desaparezca con ellos.
Hoy se nos va Delfín Amaya, pero con él no debería irse una parte de nuestra memoria.
Por eso tengo que gritarlo con toda la vehemencia que me queda:
¡Hay que cuidar a nuestros mayores, hay que escuchar sus historias, reconocer su trabajo y preservar el patrimonio que nos han dejado!
Gracias Delfín, por la música, por tus enseñanzas, por aquellas tardes de ensayo, por aquellos paseos hablando de música y por tantos momentos compartidos. Gracias por haber formado parte de mi vida desde que yo era apenas un niño.
Descansa en paz, hermano.
Tu guitarra se ha callado, pero tu música y tu recuerdo seguirán formando parte de la historia de nuestra Rumba.
