Homenot a Django Reinhardt. El manouche que reinventó el Jazz
Acabamos de madrugada en el campamento de Django a las afueras de la ciudad. Me despierto al mediodía cuando la luz entra por la claraboya de aquella pequeña caravana azul de cielo. Me encuentro en un espacio austero y reconfortante que huele a sándalo y bergamota rodeado de telas en las paredes de un intenso verde mar. Es como un cuadro del primer barroco español, como un sereno cielo del Greco toledano. Nunca he tenido nada que ver con las religiones de la resurrección, pero he de reconocer que en este mediodía estoy muy cerca del paraíso.
Recuerden ustedes que la noche anterior Django actuó en un club de Jazz, que fuimos a escucharlo Yul Brynner y yo 1 y que estuvimos, es mi último recuerdo consciente, en una plaza cantando y bailando, de juerga, hasta bien entrada la madrugada. Se nos acercó un agente de policía y nos preguntó qué hacíamos: “Nous célébrons la Libération, monsieur l’agent…”, susurró Yul al pestañó. Todavía en mayo del cuarenta y siete quedaban manifestaciones ciudadanas que celebraban la cura de la infesta peste del nazismo. El agente dio una calada a su cigarro y continuó su ronda resoplando de envidia.
¡Una borrachera con buena sombra! Reinhardt subido a los hombros de la estatua de la plaza gritaba: ¡¡¿¿Y mis gitanos??!! ¡¡¿¿Dónde están mis gitanos??!!¡¡Qué me los traigan!! Estábamos muy a gusto porque Yul me besaba cada vez que le daba la gana, otras veces se echaba a llorar y agitaba los hombros para inmediatamente ponerse a bailar y hacer unos aspavientos con los brazos y las caderas que hacían que Django y yo nos tiráramos al suelo de risa. Cuando el sol asomó por el edificio del este de la plaza chica du Calvaire en Montmartre salimos de ella y el taxista del coche negro alquilado por Yul desde la noche anterior y que nos esperaba, nos silbó, nos montamos en el carro y Django le dio una dirección. En mitad de la plaza estaba la estatua en bronce de Dionisos, el dios griego, con un pandero en sus manos morenas. Un Dionisos semidesnudo con una melena larga sobre sus hombros es la última imagen que tengo de anoche. El canto madrugador de los pajarillos despertando a la ciudad me hizo quedar profundamente dormido en la parte de atrás del coche.
Una chavorrilla, un ángel precioso, me trae un vaso de agua fresca. Bebo. Se me queda mirando como quien observa al extraño, con su cabecita ladeada. Toso y sale de la caravana. Sus ligeros pasitos al bajar las escaleras me despiertan completamente. Me quedo mirando el cielo un buen rato hasta que soy capaz de tirar del cuerpo y levantarme con cautela porque aún todo da vueltas a mi alrededor. Ahora entiendo a los trapecistas, allí en lo alto, moviéndose con la prudencia que da el respeto a la implacable fuerza de la gravedad.
Bajo las escaleras del cielo y voy a darme con un campamento de gitanas que como una tropa de diosas atareadas tienden sus luminosas ropas, levantan un balde de agua limpia, enjaezan un potrillo mestizo. Hay una diosa vieja que prepara la comida en una enorme olla de hierro puesta al fuego, y una diosa moza que peina el pelo negro a sus primas vestidas de colores maravillosos sentadas en unos taburetes bajitos. No hay ningún hombre en el campamento y yo pienso en el milagro que contemplo antes de que un aire frío me devuelva a mi estado natural. Todas me miran y se echan a reír con timidez. Las risas son la transición a la realidad, y todo cambia. La cruda realidad se impone y el paraíso contemplado se esfuma y veo, entonces, la realidad de un campamento gitano. La falta de medios que pudieran hacer más amable su día a día, las malas condiciones en las que viven mis primas, la pobreza que lucha por no degradarse en el límite de lo digno, el tinte descolorido de las prendas mil veces lavadas a piedra y agua de riachuelo, los churretes en la cara de los más niños, desnutridos a simple vista. Toda la luminosidad desaparece. Los colores ya no son radiantes. Lo único que resiste en esta transición a la realidad es el olor del campamento. Huele a limpio, como huele la naturaleza lejos de las cloacas de la capital.
Se me acerca una gitana vieja:
_ Los hombres están trajinando en la ciudad. Jean sigue dormido. Ahora le aviso.
_ No, déjelo tía. No hay prisa ninguna.
_ Pues habrá que despertarlo… Como si no me escuchara, o no me entendiera, sale muy dispuesta y dejándome con la palabra en la boca.
La gitana que prepara la comida me hace un gesto para que me acerque a ella. Voy. Coge una tetera de encima de las brasas y me sirve un té negro en una taza de cerámica chillona. Bebo y me quemo el labio y la lengua. La gitana me mira y dice:
_ ¿De dónde vienes? ¿Pareces de otra época?
_ Vengo de Barcelona tía.
_ Ahhh!!
El potrillo relincha y Django asoma de su caravana roja y dorada que está en el centro del campamento. Como un espantapájaros con muy malos pelos, según baja las escaleras saca un pequeño peine de nácar y se peina su pelo mojado. Se coloca sus ropas, se pone una chaqueta y un pañuelo al cuello de un verde oliva con motivos dorados a juego con su camisa. Sonríe al verme como un chiquillo pillo que ha hecho una travesura. Anoche me di cuenta de que Reinhardt es un tío simpático y cariñoso, que lo que quiere es disfrutar y agradar. Con treinta y siete años está en su mejor momento.
_ Yul se quedó en su hotel porque esta mañana presentaba la peli en la Filmoteca. Te traje conmigo porque estabas roque.

Jean Baptiste Reinhardt es un gitano de poca estatura y pelo negro, labios apretados y piel morena, unos ojos de curioso, de niño feliz. Su mirada es sincera, la de un hombre libre.
_ ¿Qué?
_ Café.
_ No, té.
_ Genial. Pues vamos a desayunar aquí al lado. Hay una cafetería de carretera donde sirven unos desayunos de emperador romano. Mientras habla me quedo hipnotizado por el movimiento de sus labios que hace que su bigote parezca tener vida propia.
Django sube a una moto. La arranca. Yo subo detrás y nos vamos.
Sentados a una mesa de madera en unas sillas de anea nos traen unos platos. Una señora rubia entrada en carnes acerca la comida. Comemos hasta saciar el hambre y la resaca se me ha ido, el dolor de cabeza que llevaba desaparece, y Django sonríe de nuevo. Mira la carretera, esa mirada del cansancio que se pierde en el paisaje sin atender a nada en concreto. La señora del bar tiene puesta la radio y suena un vals vienés.
_ De pequeño mi abuelo me enseñaba a llevar el compás poniéndome esta música. Decía que cualquier estilo musical era susceptible de ser mudado. Que un músico tiene la obligación de traer a su oído lo que escucha para convertirlo en otra cosa más cercana. Decía que la música es como el pan, como las paredes de tu casa, es el lenguaje que se habla y que se entiende, y hay que hacerla tan sencilla y alegre como para que cualquiera la pueda sentir y bailar. Me cogía de la manita y me llevaba a la catedral para escuchar los cantos de misa durante la liturgia. Su mano era enorme, recia, cálida. Después de misa íbamos directamente a la tienda de guitarras y allí pasábamos la mañana entera. Me enseñó que una madera vieja y seca tiene mejor sonido que una verde, y que las gentes en general sufren un proceso parecido al de la madera.
La música de la radio para y Reinhardt deja de hablar. Me mira.
_ Tu eres de Liberchies, en Bélgica. Naciste allí en enero del diez. ¿Qué es el jazz manouche? Pregunto.
_ Yo he escuchado a Glenn Miller, a Fletcher Henderson, a Benny Goodman y Duke Ellington, al gran Count Basie. Los he escuchado desde que tengo uso de razón. De ahí nace el swing. En las bodas y en los pedimentos los gitanos hacían la fiesta tocando swing, era la moda. Es una música que bebe de aquella pero que muda por la sonoridad de los instrumentos gitanos, por el oído del gitano, y se transforma en otra cosa. Es un espectáculo darse cuenta cómo un estilo negro se transforma cuando el gitano lo hace suyo. El espíritu no ha cambiado nada, sigue siendo el mismo, pero irremediablemente en manos gitanas, a través del oído gitano, de su sensibilidad, de su virtuosismo, se ha convertido en otra música. Esto lo viví desde pequeño. Después, mi familia, yo y mis hermanos, hicimos una nueva interpretación y nació eso que llaman jazz manouche, el jazz gitano.
_ ¿Y cuál es la clave?
_ El ritmo. Es la base. De una interpretación rítmica diferente nace una nueva música. Es el músculo, es la piel la que recibe la música. No es abstracta. Es la piel la que recibe el impacto sonoro, y los músculos después la bailan. Al tocar la guitarra dejo que sean mis músculos los que se expresen, ellos crean el mecanismo. A partir de ahí, de la rítmica, del engranaje y la articulación, la música no es más que orden, equilibrio y armonía. El gusto.
La palabra manouche proviene del sánscrito manus, persona o ser humano. El término manouche se refiere a los gitanos sinti que hablan un dialecto del romaní con influencias del alemán, el dialecto de una comunidad que no quiso entender las fronteras en Francia y Alemania hasta que la barbarie se desató.
El apodo de Jean Baptiste es Django (el despierto, el chanelaor) y define muy bien la condición de este gitano. Su propia gente le puso el mote que mejor cuadra con su naturaleza. De pequeño a Django le llamó la música. A los doce años su padre le regaló un banjo y pronto lo tocó copiando a otros músicos. A los trece años empezó su carrera musical en una sala de baile en la Rue Monge en el distrito cinco de París.
_ Con diecisiete años me casé con mi mujer, Bella. Nos criamos en el campamento. Mi mama y su prima hermana acordaron nuestro matrimonio. Yo estoy enamorado de Bella desde pequeño.
La señora del bar trae un jarrón con flores artificiales de celuloide de diferentes colores. El ramo es aterrador. Tan sensible aún, la cercanía de aquel pastiche de ramas y flores me conduce a un estado de tristeza, ansiedad y crispación intolerable. Django se levanta como un resorte y pide a la señora que se lleve semejante armamento. Su voz se roza con la tristeza.
_ Fue la noche del veintiséis de octubre del veintiocho. Llevábamos un año de casados y Bella vendía flores en aquella época en las plazas de París a las señoritas que paseaban por los bulevares. Llegué a las dos de la madrugada de tocar en el nuevo club La Java. La caravana estaba llena de esas flores de celuloide, salían hasta por las ventanicas, debajo de nuestra cama, encima de nuestras ropas. Hasta en la puerta Bella había dejado el género para su venta del día siguiente. Éramos felices, un año de casados, y nada podía enturbiar aquella alegría. Mirábamos el futuro desde la confianza de una inocencia sin mácula. Ninguna sombra podíamos barruntar. Al rato oí como un ratoncillo mordisqueaba nuestra sábana. Me levanté para ahuyentarlo y encendí la vela que teníamos en nuestra mesilla de noche para poder ver algo en la oscuridad. Resbaló un poco de cera. Cayó en un pétalo de aquella falsa flor violeta. El peor infierno brotó. Mi amor salió corriendo de la caravana. Yo intenté apagar el fuego. Era nuestro hogar. Pero me agarró el celuloide, mis manos y mis piernas, quedé sometido por una fuerza invisible que me sujetaba sin compasión. Sentí mis dedos contraerse, mi cara deformarse, mis piernas doblarse y obedecer al fuego. Agotado, me asomé por la ventana para coger el último aliento. Noté que alguien tiraba de mí hacia dentro. Era uno de mis hermanos, Joseph, que me salvaba la vida. Antes de quedar sin conocimiento por el dolor, vi en el cielo una bandada de pájaros descoloridos. Tenía dieciocho años.
Django fue trasladado a un hospital donde los médicos quisieron amputar una pierna. Él se negó. Dieciocho meses postrado en cama para que un joven se pudiera recuperar dejando su mano izquierda deformada, los dedos meñique y anular quedaron inútiles contraídos hacia la palma debido al calor recibido en sus tendones.
_ ¡¡Vámonos!! Y salió casi corriendo de allí.
Pagué la cuenta y Django me esperaba en la puerta del bar con la moto arrancada.
Los pájaros son los espectadores de la vida del hombre, son los mirones más curiosos, crueles y piadosos que existen. Son los antiguos dioses que continúan ahí escudriñando los actos del desvalido ser en su eterna desgracia, aterrado, con el miedo en el cuerpo y el desasosiego, procurando resistir, agotado. Los pájaros observan la imposibilidad de una solución a este estado. Contemplan la impotencia del hombre al que no le queda otra que abandonarse a semejante destino, tolerando indefenso esta poderosa fuerza. Los pájaros intentan imaginar, benévolos y cínicos, qué sería del hombre y de la mujer en otra realidad, en otro mundo, en otro engranaje imposible. Cuando pían nos hablan, nos describen, pero en un lenguaje que hemos perdido.
Cámara sobre la carretera persiguiendo a la moto que va a toda velocidad. Música de fondo.
Voz en off:
_ Después de aquello me quedé solo, un año entero, en el estudio de un buen amigo pintor que me dejó compartir su piso. Era un paisajista y estaba todo el día fuera de la ciudad trabajando. Durante ese tiempo encerrado con mi guitarra, menguado por las secuelas que me dejó el fuego, reinventé mi toque. Aprendí a tocar de otra forma, y aquel ejercicio de unión con mi instrumento trajo un nuevo estilo, más preciso, más técnico, redondo y rítmico. Fue entonces cuando aprendí armonía y a conocer todos los recovecos del traste de mi guitarra. Me enseñé a tocar con libertad. Y aprendí que todos los caminos conducen al mismo sitio. Un día vino Miles Davis a escucharme, él estaba preparando la grabación de la banda sonora de una peli de Malle que se rodaría aquí en París. Me dijo que mi toque era una mezcla de fuego y aire, que el uno y el otro se alimentaban mutuamente dando nacimiento a un sonido brutal. Estaba entusiasmado con mi sonido. Y él era muy de sonido.
Aquella época de estudio, soledad y autocuidado permitió encontrarme y entender lo que solo unos pocos afortunados descubren: conocer tus límites y tocar en consecuencia. Una lección de la que doy gracias al cielo y a Rieux, mi amigo pintor. Conocí a Grappelli y los contratos llegaron uno tras otro. Salas, teatros, festivales… De ahí nació el Quintette du Hot Club of France.
Cuando nació mi niño, Henri, yo no estuve, y no estuve cuando cumplió su primer añito, ni cuando el segundo, ni en el tercero…
La cámara que sigue a la moto se detiene en seco. La música acaba. La moto para en el arcén de la carretera. Silencio. Primer plano mío.
_ ¿Dónde vamos?
_ Al estudio de grabación. Me esperan.
_ Para grabar ¿qué hay que hacer?
Miles Davis y Django Reinhardt se parecen tocando, como se parecen las voces de Manuel Agujetas y Freddie Mercury. El sonido lo es todo. Está en todos lados.
Primer plano de Django. El gitano se enciende un cigarro.
_ Bailar. Los músculos tienen memoria. La memoria es el último recurso que tenemos. De ahí nace la grabación.
La sesión dura una hora exacta. Termina la grabación y salimos como dos fieras del silencio y la serenidad del estudio al ruido y la zozobra de una ciudad en plena actividad. Django me deja en la puerta de mi hotel y quedamos a las diez de la noche en el Club donde actúa. Me tumbo en la cama derrotado y me quedo dormido.
Son las siete de la tarde y empiezo a organizarme, quiero estar un poco antes en el club de jazz para conocer a la banda, hablar con ellos y ver cómo Reinhardt se prepara el concierto. Cada artista hace su propio ritual para concentrarse antes de subir al escenario. Recuerdo que Rafael Álvarez “el Brujo”, el gran actor español, entrecajas se movía lentamente y como un niño pequeño para encontrarse antes de salir a escena. Hacía unos movimientos parecidos a los de un Tai-Chi muy particular, lentamente, respirando por la boca con golpes de respiración tomando aire como hacen los peces, a golpes. Como buen místico hacía desaparecer su yo antes de salir a hacer la función. Me visto con mi mejor traje. Nunca utilizo corbata, pero hoy quiero llevar una. Por teléfono pido a recepción que me la suban. Al rato estoy duchado, afeitado y vestido. Me traen la corbata y le pido a la chica que me ayude a ponérmela. Salgo del hotel a las ocho y media y entro en unos grandes almacenes que tengo al lado del hotel para echarme un perfume extraordinario que huele a madera. Como un pimpollo cojo un taxi que me lleva hasta la puerta del club.
Django está en la calle fumando. Nos abrazamos y entramos en el local. Vamos hasta los camerinos. Allí me invita a sentarme en un butacón verde oscuro con orejas.
Django tiene las manos metidas en un barreño de agua templada, fuma Gauloises. Grappelli excitado entra y sale constantemente del camerino afinando su violín con la sordina puesta y los pantalones medio bajados. Joseph, el otro Reinhardt, fuma tranquilo dando acordes serenos y preciosos en su guitarra vieja de madera muy gastada. Un gitano parecido a un oso pardo está de pie mirándose a un espejo con bombillas deslumbrantes. Se mira con fijeza y dice una misma frase continuamente, no consigo entender lo que dice, es como un mantra. Está absorto en el reflejo del espejo moviendo sin parar sus dedos en un ejercicio de calentamiento. Es un contrabajista maravilloso. El otro guitarrista se perfila las uñas con una lima rosa, mirando al techo medio tumbado en un diván color burdeos profundo como sus ojos verdes. No hablan entre ellos. El silencio solo es roto por el murmullo del oso coqueto. Un chico joven toca la puerta del camerino y da la orden para empezar el concierto. Se levantan y acaban de vestirse. Grappelli se sube los pantalones y se mal pone un cinturón desgastado y feo. Están preparados para tocar. Django acaba la copa de whisky de un trago, coge su guitarra y su paquete de tabaco y sale pitando al escenario. Está deseando subirse a tocar. Esta noche es especial para él.
_ Sabía que querer a alguien no es gran cosa o, más bien, que el amor no es nunca lo suficientemente fuerte para encontrar su propia expresión. Así, se quiere siempre en silencio. Y se llega a morir sin que durante toda la vida se pueda avanzar en la confesión de la ternura. Haber conocido el milagro y acordarse de él, haber conocido la amistad y acordarse de ella, conocer esa ternura y tener que acordarse de ella algún día. Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la vida es el conocimiento y el recuerdo. Y eso es ganar la partida.
Justo antes de subir al escenario Django se me acerca y me susurra al oído estas palabras. Me voy a sentar a una mesita que tengo reservada, me acomodo y pido un Borgoña. Empiezo a ver cómo las notas salen de los instrumentos. Son sonidos que desprenden colores, son melodías que puedo ver y tocar, y con la tercera copa de vino me sabe a gloria el sonido y mi olfato llega a distinguir las escalas que el gitano ejecuta con la soberbia de un genio tan humilde como es él.
¡No se sabe cómo, los investigadores le dan mil vueltas al asunto, pero los gitanos hacen con la música lo que les da la gana! En sus manos la música se convierte en corpórea y material. Es el virtuosismo, dicen algunos; es la conexión que desde pequeños tienen con la música y los instrumentos, sostienen otros; son las fatigas que llevan las que les hace interpretar de una manera grave y trascendental; es la conexión con la naturaleza de la que el gitano y la gitana hacen gala. Es la genética… El caso es que no se explican la altanería con la que superan los estándares de ejecución y creación. Si escuchas la guitarra de Django te das cuenta de ese talento. Si te acercas a la música creada por los gitanos ves perfectamente esta dimensión sustancial, de un peso extraordinario, de una densidad que crea órbitas a su alrededor, que crea un campo gravitatorio curvando espacio y tiempo con su masa. El centro de ese universo creado, el astro que absorbe al resto de corpúsculos exógenos gravitando es la facilidad con la que lo hacen, la médula de la música gitana es la naturalidad, y hacer de lo difícil algo tan sencillo aparentemente. Los gitanos y las gitanas de todo el este europeo; los españoles y su creación, el Flamenco; los gitanos turcos y su darbuka, su davul o su tef. El címbalo de los húngaros, los metales de los rumanos, los violines rusos. Y el cante de las gitanas que hace que te asomes a la contemplación del orden de la belleza. Desde muy chicos las madres enseñan, corrigiendo, una estética del sonido elegante y fino. Afinación, compás y saber que la vida te va en ello. Como le ocurrió a Edipo al encontrarse con la Esfinge en Tebas ante cuyo enigma la alternativa era la muerte engullido por el monstruo. Si te fijas bien, puedes ver cómo un gitano al cantar tiene delante suya una espantosa Esfinge.
_ Entonces tú sinelas de Barcelona Juan.
_ Sí Jean.
_ Estuve allí en el treinta con la banda. Un payo promotor nos dio unas condiciones y aquello fue un desastre. Nos estafó el fulano. ¡Qué coraje! Con las ganas con las que fuimos a la hermosa Barna.
_ ¿Y tocasteis?
_ Por supuesto. Pero dejamos plantao al jambo en la puerta del local lleno de público. Había unos gitanos de Hostafrancs que habían venido a vernos. En una tasca enfrente del local de conciertos el grupo decidíamos qué hacer, tocar o no. La familia de gitanitos nos vieron y entraron, se presentaron: los niños, las mozas, las mujeres, una vieja guapísima. Y los hombres empezaron a pedir vino, después se abrió una botella de anís, uno de los mocitos traía una guitarra para que yo se la firmase. Un hombre mayor, el más viejo de ellos, se sentó a mi lado y se me acercó con los ojos dormilones: “Tengo en mi casa un almendro. Que toito el que entra en mi casa, almendras sale comiendo”, me cantó bajito. El mocito empezó a tocar la guitarra, las mujeres empezaron a tocar sus palmas con un compás precioso. Mis compañeros y yo habíamos olvidado ya al jambo ladrón. Ellas eran guapísimas todas. Ellos no dejaban en ningún momento de darnos gusto, las botellas de vino y anís dieron paso a una botella de whisky que a chupitos nos bebimos entre todos. Cogí mi guitarra, mi hermano Joseph cogió la suya, Grappelli con los pantalones medio bajados y medio borracho hacía que las niñas se tronchasen de risa y empezó a llevar el compás en una mesa de madera.
El dueño de la tasca estaba disfrutando y su clientela se unió a nosotros. Las gitanas empezaron a sentirse incómodas cuando algún señor se puso a bailar sin noción ninguna en medio del corro. Los gitanos pararon en seco de cantar y bailar. El viejo que seguía a mi lado se levantó, me cogió del brazo y me sacó de la taberna. Detrás nos siguieron los nuestros. Llegamos hasta las Ramblas, pidieron varios taxis, nos montamos y nos llevaron a un barrio humilde de Barcelona, cerca del puerto. Una noche de verano, temperatura agradable, soplaba una brisa salada traída por el mar, cálida y deliciosa me provocaba una borrachera lúcida. Acabamos debajo de un puente, a la sombra de sus ojos, cuando amaneció y empezó a picar el sol. Aquella noche escuché la soleá, la bulería, la rumba catalana, los fandangos naturales… Fue una delicia encontrar a tus hermanos y hermanas y sentir su abrigo. Después de una reconstituyente sopa de huesos de jamón los primos nos llevaron a la Estació de França para coger el tren que nos llevaría a Marsella. El estafador asomó la nariz en el andén, miró desde lejos nuestra despedida y uno de los niños, el más pequeño de diez añitos, se lo quedó mirando desafiante e hizo huir al mangante con el rabo entre las piernas mirando para otro lado intentando disimular. Creo que empezó a silbar de los nervios que llevaba. Nos abrazamos y subimos al tren con la promesa de volver a vernos.
Una cámara, desde fuera, se asoma a la ventanilla del tren espiando a Django que lee unos folios. La secuencia nos muestra un plano medio contrapicado del gitano, con un encuadre apaisado en blanco y negro que nos permite acceder a sus sentimientos.
“Querido padre. Te escribo ésta esperando que a su recibo estés tan bien de salud como deseo. Yo estoy bien, y la mama cada día está más hermosa.
Me acuerdo de ti todos los días. A veces me viene tu recuerdo sin aviso y creo que es porque tú estás pensando en mí en ese mismo instante. Pensar esto me ayuda a sufrir tu ausencia. Siento que estamos conectados por un hilo sutil, firme y duro y que tú y yo somos uno mismo. Te amo. Sigo tus conciertos por la prensa y el otro día fui al cine con mi novia y salió en los anuncios, antes de dar la peli, unas imágenes tuyas en un teatro de Londres tocando con el tío Joseph que me hicieron llorar. Estoy orgulloso de mi padre, dije.
Desde pequeño soy un desastre, con unos nervios que no me dejan terminar nada de lo que me propongo. Cuando tomo una copilla de más voy dando tumbos sin rumbo por la ciudad y caigo en mi profunda tristeza deseando convertirme en una piedra, en una mota de polvo, o en algo aún más pequeño que me haga desaparecer. Nunca he sabido quien soy. A veces soy tu hijo, y otras veces te odio y reniego de mi sangre.
Eres un hijo de puta. Seguro que prometiste a mi madre fidelidad y lealtad, y que en las noches de amor le susurrabas al oído lo mucho que la amabas y que tuviera confianza ciega en ti, en tu protección. Que siempre le darías seguridad. Eres un hijo de puta porque después del incendio, yo recién nacido, nos olvidaste para salvarte no sé de qué. Nos dejaste atrás. Lo que no entiendo es porqué era necesario abandonarnos. No tiene sentido. Yo no hice nada para tener ese desprecio. Tu desprecio son las puertas de mi infierno.
Te amo. Espero poder verte pronto y que me enseñes algo de tu guitarra. Llevo tres años tocando en un grupo y ahora tenemos varios bolos importantes. Estoy feliz, me casaré pronto con Mia y tendremos hijos. Te prometo que jamás los dejaré, ni los olvidaré.
Cuando termines de leer ésta, deseo tu alegría y que no te hagan daño mis reproches. Entiende que un hijo dolorido se lamente a un padre. Es un derecho. No tengo a nadie con quien dolerme.”
La cámara nos muestra un primerísimo plano de una lágrima que cae por el rostro de Django y que resbala hasta la comisura de sus labios. Sonido en off de una locomotora a toda velocidad. Oscuro.
Dos semanas después Reinhardt anuló todos sus conciertos y volvió a París buscando a su hijo. Un veinte de octubre de mil novecientos cincuenta y dos padre e hijo empezaron a anunciarse como formación musical. Nos dejaron grabados algunos temas en estudio. Django diría: “Ahora siento que mi música está completa”. El siguiente mayo, en primavera, el sábado dieciséis, Django fue enterrado por sus amigos y seres queridos. Los músicos de Jazz, los norteamericanos, los negros, hicieron un homenaje al gitano poco después en una sala de Nueva York. Lo organizó Miles Davis.
_ Ha sido un placer pasar estos días contigo Jean. Gracias.
_ Igualmente Juan. Un placer. Cuando llegues a Barcelona saluda a aquellos gitanos de Hostafrancs y mándame una longaniza.

Féretro de Django Reinhardt rodeado de miembros de su familia. Samois-sur-Seine, 16 de mayo de 1953. Django murió de una hemorragia cerebral causada por tantas notas en su cabeza. El neurólogo que elaboró el informe forense era un gran aficionado al Jazz Manouche.
Aquí os dejo un caramelo.


