Homenot a Yul Brynner

Homenot a Yul Brynner

_ Bailo y estoy tranquilo, estoy cómodo. Bailando soy yo mismo, y soy libre. Después, cansado de bailar, agotado, canto las letras de mis viejos, las coplillas que se cantaban en casa cuando yo era chiquillo. Cojo mi guitarra y entonces me convierto en el actor. Coloco la voz y me salen todos los personajes que quiera: los dramáticos, los cómicos, puedo ser realista o idealista, descriptivo o quijotesco. Como actor entiendo el mundo entero, es el lugar perfecto para darme a los demás con seguridad, siempre con alguna verdad.

Soy Yuliy Borisovich Briner, nací en Vladivostok el 11 de julio de 1920, una ciudad con puerto abierto al mar, en el extremo oriental de Rusia, frontera con China y Corea del norte. Muero con paz y sosiego el 10 de octubre de 1985 en Nueva York, la ciudad de los gitanos modernos, de los gitanos y gitanas que salieron huyendo de una Europa cruel. Me costó mucho encontrar la paz y el sosiego. Conseguir ser amable con uno mismo no es nada fácil. Los fantasmas propios siempre te alcanzan, y hay que vivir con ellos. Es un logro que hace que la vida sea más sencilla y simple, más llevadera. Desde ahí, desde la amabilidad con uno mismo, he conseguido hacer una vida llena de maravillosas historias, de preciosas experiencias que he ido atesorando con gusto y con la codicia de quien se sabe merecedor de sus propios éxitos.

He tenido que hacer muchos esfuerzos hasta conseguir el respeto de la industria cinematográfica, en un Hollywood repleto de grandes estrellas, de actores y actrices que se comen la pantalla con su presencia y carisma. Y he logrado mi sitio entre todos ellos haciendo cine comercial cuando fue necesario, y buscando siempre colaborar con los grandes directores y productores europeos que cuentan las historias de otra forma diferente a los americanos. A mí, siempre me ha gustado el cine europeo, mi representante está con un ojo en Estados Unidos y con el otro vigilando lo que se cuece en Europa. Conseguir un buen papel en una peli europea te da valor más allá del trabajo actoral, te coloca en otro nivel, te respetan de otra forma. Jean Cocteau me enseñó a ser mejor actor, buscar la naturalidad sin forzar nada, la voz y el movimiento tenían que ser naturales. En “La batalla del río Neretva”, una producción italiana, coincidí con Orson Welles. Cuando teníamos que esperar para la grabación de la escena siguiente, en los largos ratos de parón, nos poníamos a recitar todo el Shakespeare que nos daba la gana, como locos, buscando los matices y los detalles secretos entre los versos geniales del poeta. Me daba cuenta de la importancia del teatro para cualquier actor que ame su profesión.

He quedado con este gitano: actor, músico y bailarín, acróbata de circo, guitarrista por herencia familiar. Un hombre que trasciende el lugar común de los gitanos. Una estrella de cine.

En el otro lado de la calleja, toda polvo y barro de cloaca, había una casita de piedra, con un zócalo de piedra. Sobre éste yacía tendida una vieja justo ante el umbral. Parecía estar clavada en la piedra. Como una pesadilla parecía que quisiese levantarse y no pudiese. Evidentemente estaba agonizando. Flaca como un chiquillo, en tensión por los haces de sus pobres nervios contraídos, estaba allí boca arriba, con la nuca sobre la piedra, agitando la cabeza a derecha e izquierda.

Su vestido era verde, de un verde intenso, y estaba completamente abierto por delante. Su seno destruido estaba completamente descubierto. También algunos niños que me habían seguido, ahora la miraban como yo. Y también en sus miradas había un ligero miedo, pero como resignado y previsto.

Di algunos pasos más hacia ella, hacia el zócalo y hacia la pequeña cloaca seca que corría por debajo. El verde vivaz de la tela, la piel oscura y arrugada… Pero, de cerca, me di cuenta de que los movimientos de su boca, que parecían simplemente movimientos de dolor, de ansiosa impaciencia, eran en cambio palabras, sonidos. En efecto, la vieja moribunda cantaba. No era exactamente un canto articulado, sino una nana, una cantinela. Por otra parte, todo canto gitano es así. El dolor, el miedo, el espasmo, el tormento, habían encontrado esa expresión cifrada en la cual cristalizarse: huían de su particularidad insoportable para sistematizarse, y casi ordenarse, en ese pobre mecanismo de palabras y melodía.

Era poco más que un piar, que salía de aquel pecho desnudo y encogido, de aquellos pobres miembros que habían llegado al final de su vida física envueltos en ese vestido verde de jovencita. Sin embargo, bastaba para transformar el carácter intolerable de la muerte en uno de los tantos actos de la vida, desesperados pero tolerables.

Hoy es tres de mayo de 1947 y en París hace frío. Los pájaros han dejado de volar porque no saben adónde ir. Los bulevares están cuajados de pajarillos que han pasado el invierno aquí, sin saber todavía dónde les llevará su vuelo. Es curioso el instinto migratorio de los animales. Huimos del frío como se huye de la muerte, como se abandona todo en busca de una nueva vida, allí donde el sol caliente más.

María Dmítrievna Blagovídova, su madre. Imagen sacada del álbum de fotos familiar

_ Mi madre era una gitana extraordinaria. De esas mujeres que tienen el poder de ver más allá de la vista, de distinguir cosas irreconocibles, como mi abuela, y mi bisabuela. Una gitana pura. Logró encontrar el amor sirviéndose de la magia heredada. Se casó con mi padre, que era un ingeniero de carrera formado por los mejores científicos rusos de finales del diecinueve. Él me contaba que cuando conoció a mi madre se desligó de la ingeniería para volcarse en la invención de algo nuevo. Me decía que desde el momento en que la vio, en su primer viaje de trabajo a Moldavia, se enamoró profundamente, y supo que todo lo que había estudiado serviría para crear un mundo nuevo. “Tu madre es el misterio más profundo y sutil, lo más delicado que he conocido”, me decía cuando bebía el té negro mongol con vodka.

Me mira con esos ojos de gato que nunca dudan y entiendo perfectamente que quiere otra ronda de chupitos de este Vodka maravilloso que estamos bebiendo desde hace un par de horas. Su aguante es portentoso. Estamos cenando. Está en plena promoción de la película “El rey y yo”. Desde que le dieron el premio Óscar hace un par de meses en Los Ángeles, su único trabajo es viajar por todo el mundo llevando esta cinta por festivales de cine mostrando su talento como actor y su virtuosismo como persona culta y elegante. Todo el mundo queda rendido ante este gitano lleno de amor, belleza y genio. Hemos quedado en el vestíbulo del hotel donde vive desde que llegó a París, un hotel decadente en el centro, y desde allí nos han llevado en un coche negro a cenar a un restaurante en los bulevares. Después de hablar con un camarero ha vuelto a la mesa sobresaltado y entusiasmado, “¡¡Django actúa esta noche en un club, aquí cerca. Terminamos la cena y nos vamos con él. Lo conocí en Londres en el 43. Es el mejor guitarrista del mundo!!” Hoy he decidido dejarme guiar por Yul y conocer un París nocturno de la mano de este gitano que viste un traje hecho a medida por una modista genial. Es un actor que no ha sucumbido a la moda de Hollywood, que mantiene un estilo europeo, con un rollazo increíble, un estilazo sofisticado y elegante.

Habla con largas respiraciones, llena el aire con su voz. Con un cigarro entre los dedos de su mano izquierda que nunca enciende expresa con sus ojos y sus manos todo lo que cuenta, con una delicadeza y una calma encantadora que lo hace convertirse en el centro de todo lo que ocurre a su alrededor.

_ En casa no hubo lujos. Desde la revolución del 17 la familia de mi madre, músicos gitanos maravillosos, quedó señalada como traidora al proletariado simplemente por haber sido elegidos, a principios de siglo, por la familia del Zar, el Románov, como sus músicos de cabecera. Por lo visto fue ella, la zarina Alejandra, nieta de la Victoria de Inglaterra, la que escuchó a mi abuelo y a mis tíos tocar sus guitarras y cantar a mis tías unas viejas canciones la noche de la boda de su hermana mayor, Isabel, en San Petersburgo. Quedó prendada del sonido, y desde ese día contó con ellos para que animaran las veladas en la Villa de los Zares, a las afueras de Petrogrado. Mi familia tuvo que salir najando de allí tras el ascenso al poder de los bolcheviques, y fue marcada solo por ser unos geniales guitarristas que tocaban, a veces, para esa aristocracia rusa.

Família de Yul, Sant Petersburg 1898

Familia de Yul. San Petersburgo, 1898

_ Yo y mi hermana continuamos con el arte de casa. Estudiamos en las mejores academias, tanto en Rusia, antes de nuestro señalamiento, como aquí en París, después de abandonar aquello. Pero fue cuando padre nos dejó en la estacada cuando, recuerdo, aprendí a ser un hombre, y a dejar de aprender y escuchar canciones para ser yo el intérprete de la cosa. El vodka me ayuda a recordar… (Sonríe) Hay algo que me come por dentro. No sé qué es, pero deja al aire todo el miedo que un hombre es capaz de soportar.

Los gitanos y las gitanas rusas tuvieron que abandonar su tierra porque fueron marcados por el nuevo orden como los custodios de las tradiciones. En esa época todo lo que fuera tradición y pasado era sistemáticamente rechazado, y legalmente perseguido.

Jules y Sophia, abuelos maternos de Yul. Fecha y lugar desconocidos.

Terminada la cena, salimos del restaurante y montamos en el coche negro que nos esperaba. Yul, con perfecto acento parisino, le da al chofer la dirección del club donde vamos. Miro embelesado como la noche se ha cerrado, noto como el vodka me ha subido y quiero gritar de felicidad. En un trayecto corto, el silencio dentro del coche pesa.

_ En París, ¿cómo te lo montaste?

_ No podía seguir estudiando. Con lo que sabía me fue suficiente para comenzar a ganar dinero. Por la noche, en los clubes nocturnos tocando y cantando. Durante los días, con mis gitanos del circo haciendo acrobacia. Hasta que me caí, me lesioné la espalda y tuve que dedicarme a la guitarra y al cante para ir tirando, siempre con mis gitanos. Jean Cocteau fue mi gran maestro. Ese gadjó me enseñó el arte de actuar, el arte dramático. Fui rápido, por necesidad seguramente, y no paraba de trabajar y curiosear. Fue mi hermana, Vera, la que pudo seguir estudiando en aquellas ilustres academias. Fue ella la que marchó primero a Estados Unidos con una buena carrera como cantante de ópera.

_ En Estados Unidos, cuando llegaste en el cuarenta con tu madre, ¿qué hiciste?

_ Madre ya estaba malita. Me fui a Connecticut para aprender de Mijaíl Chéjov, sobrino del gran Antón. Tenía una academia para actores y una gran fama de buen maestro. Me preparó para entrar en el mundo del cine americano. Debuté en Broadway con un pequeño papel en diciembre del cuarenta y uno. Poco después empecé a trabajar en la industria y todo cambió.

El coche negro gira a la izquierda y llegamos a la entrada del club donde esta noche, y las cinco próximas, toca Django Reinhardt con sus maravillosos músicos, Grappelli también está. Yul está entusiasmado, mezcla del vodka, los recuerdos y la ilusión de escuchar a Django de nuevo. Lo conoce de las juergas a las afueras de París, de madrugada, en los campamentos donde después de tocar en la ciudad se juntaban los gitanos a mitigar los largos días. Yul siempre terminaba estas juergas bailando y enamorando a todos.

Nos bajamos del coche negro. Por fin enciende ese cigarro que ha tolerado toda la velada entre sus dedos. Me mira con desafío. Desde que a Yul le diagnosticaron el cáncer de pulmón casi no fuma ya. Morirá de esta grave enfermedad cuando los pájaros de París hayan reconocido cuál es su próximo destino. Fumamos con tranquilidad, aún queda tiempo antes de que comience el concierto.

_ Llegaré a las cincuenta pelis y me retiro. Después quiero volver a Rusia, con mis hijos, a enseñarles aquella tierra. Un pequeño teatro en el West End, y montar a Shakespeare, a Chéjov, a O’Neill, y a Sófocles –da una profunda calada al cigarrillo- después me retiro con mi guitarra, cantar las viejas canciones que me enseñó la abuela gitana -suelta el humo liberando la respiración y abriendo los ojos-. Lo mejor está por venir.

_ Yul, ¿cuál es tu mejor película?

_ Ana y el Rey es la que me ha permitido entrar en el olimpo. Pero mi cine, al que amo, está en Europa. Allí quiero hacer mis mejores películas. Con las que se me recordará. Eso espero… -se recoloca el pañuelo del cuello. Me mira, me hace un gesto y pasamos al club-.

Los ilusos de los actores quieren pasar a la historia por sus papeles más comprometidos, por sus personajes teatrales, por sus apuestas en una interpretación lejos de las vanidades del cine comercial. Pero por el teatro no se te recuerda. El teatro es el espejismo, la ficción y el delirio del ser humano que se construye. De esto, nadie recuerda nada.

Mientras entramos en el local, Brynner canturrea una vieja canción que habla de un viaje, del último viaje… Son como esas letras que cantaban los pobres gitanos y las gitanas resistentes que luchaban por un aliento más durante la gran guerra. Tan cercana y tan lejana a la vez. Porque París ha tenido la firme voluntad de olvidarla. Por eso me gustan las grandes ciudades, por su afán de disipar todos los recuerdos oscuros.

Aquel recuerdo de la infancia, aquella mujer agonizando en el umbral de su casa, con aquel vestido verde de jovencita descompuesto, me ayuda a mantener la cabeza en su sitio. Me repito una y otra vez que la vida es para vivirla, que, a pesar de cometer todos los errores posibles, el mecanismo de la existencia nos devuelve siempre a un lugar marcado por la inocencia y la lógica, tan necesarias la una para la otra. Los actos más intolerables de la vida son parte del asunto, nada está fuera de ella.

Los músicos empiezan a tocar una balada que enmudece a todo el público presente. Sentados en una mesita de pies de hierro y cabeza de mármol, dejamos de hablar y me dejo llevar por el sonido de un jazz que no había escuchado nunca antes.

Gracias Yul Brynner. Nos ha costado mucho encontrarnos, aquí en París. Nunca olvidaré tu serenidad, tu seriedad y tu elegancia.

Aquí os dejo un vídeo que grabé aquella noche.

Terminamos borrachos los tres. Django subido a una estatua del centro bramaba, ¡¡Dónde están mis gitanos!! ¡¡Qué me los traigan!!

 

(El encuentro de esa noche nunca se dio, las imágenes tampoco responden a su familia. Tampoco grabé ningún vídeo.  Se trata de una fabulación literaria).

Sobre el autor

Juan José Suárez Laso
Juan José va estudiar Filosofia i Lletres a la Universitat Complutense i és cantaor gitano flamenc, amb una trajectòria vinculada al teatre, la música i la dansa. Actualment treballa com a promotor escolar amb a la Fundació Privada Pere Clos

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