Movilidad social incompleta: llegar a la universidad sin alcanzar la igualdad
Una investigación de la Universidad de Barcelona muestra cómo el racismo, la precariedad y la falta de redes limitan la movilidad de los graduados gitanos
Durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, estudiar fue para muchas familias una forma de mejorar sus condiciones de vida. La expansión de la educación pública y el acceso cada vez mayor a la universidad permitieron que hijos e hijas de trabajadores, a menudo los primeros de su familia en cursar estudios superiores, accedieran a empleos mejor remunerados y a oportunidades que antes parecían inalcanzables. Ese mecanismo, conocido como el ‘ascensor social’ de la educación, no se ha detenido por completo, pero hace tiempo que dejó de funcionar con la misma fuerza y para todo el mundo por igual.
Para la población gitana, el acceso a los estudios superiores ha representado una promesa especialmente poderosa, al abrir la posibilidad de superar barreras sociales y ampliar las opciones vitales y profesionales. Las becas, los programas de acompañamiento y otras políticas de inclusión han permitido que un número creciente de jóvenes gitanos y gitanas llegue a la universidad, aunque su presencia continúa siendo muy inferior a la que le correspondería por su peso demográfico.
Pero ¿qué sucede después de obtener el título? ¿La universidad permite a una persona gitana de primera generación alcanzar la misma posición que otro graduado con mayores recursos familiares y mejores redes profesionales? ¿O el racismo, la precariedad y la falta de contactos continúan limitando ese ascenso? Estas son algunas de las preguntas que han guiado UNIMOB, un proyecto de investigación de la Universidad de Barcelona que ha analizado las trayectorias de personas gitanas y no gitanas de primera generación universitaria en Cataluña y Andalucía.
Los resultados presentados el 16 de junio en el Museu d’Història de Catalunya dibujan una realidad compleja. Ábel Bereményi, investigador principal del proyecto, explicó que UNIMOB quiso ir más allá de una pregunta que ha centrado buena parte de los estudios educativos de las últimas décadas: cómo consiguen algunos jóvenes gitanos superar las barreras estructurales, completar la educación obligatoria y llegar a la universidad. El nuevo interrogante es qué ocurre una vez alcanzado ese objetivo y si un grado, un máster o un doctorado producen para los estudiantes de origen popular y minoritario la misma movilidad social que para quienes proceden de familias con más recursos.
El estudio ha prestado especial atención a los costes visibles e invisibles del ascenso: el cansancio de compaginar estudios y trabajo, la falta de tiempo, la presión de las expectativas familiares, la soledad, el síndrome del impostor y la necesidad de negociar constantemente la propia identidad entre la comunidad de origen y la sociedad mayoritaria.
Bereményi señaló que las personas entrevistadas afrontan demandas procedentes de ambos espacios. Dentro de la familia o la comunidad pueden aparecer recelos, vigilancia o acusaciones de alejamiento; fuera de ellas persisten el racismo, los prejuicios, la incomprensión y una alternancia entre la invisibilización y la hipervisibilización de la identidad gitana. Incluso después de graduarse, muchos participantes expresan que su formación no recibe el mismo reconocimiento que la de otros compañeros y que se les continúa viendo antes como «el experto gitano» que como un profesional de su especialidad.
Para hacer frente a estas tensiones, la investigación identificó estrategias muy diversas. Algunas personas reducen su círculo de relaciones y se apoyan en familiares o amistades que comprenden su recorrido; otras encuentran respaldo en redes de universitarios gitanos con experiencias semejantes. También aparece con fuerza una obligación moral de retornar a la comunidad y convertirse en referente de las generaciones más jóvenes. Esta responsabilidad colectiva puede ser una fuente de sentido, aunque también añade una carga a trayectorias ya marcadas por el sobreesfuerzo.
Ángel Heredia, doctor en Psicología e investigador del proyecto, presentó la metodología de un estudio cualitativo que ha tratado de reconocer patrones y comprender las diferencias entre trayectorias. La investigación reunió a 57 participantes de Cataluña y Andalucía y comparó experiencias de personas gitanas y no gitanas, hombres y mujeres, así como de contextos urbanos y rurales.
Heredia subrayó que el mérito académico no basta cuando no va acompañado de capital social. Dos personas pueden poseer la misma titulación y capacidades comparables, pero no las mismas redes familiares, contactos profesionales ni conocimientos informales para orientarse en el mercado de trabajo. Esa desigualdad se arrastra desde la entrada en la universidad, donde muchos estudiantes de primera generación carecen de referentes y deben aprender en solitario las reglas no escritas de la institución.
A esta falta de orientación se suma, en el caso de muchas personas gitanas, una sensación de doble exclusión. Pueden ser percibidas como demasiado alejadas de su comunidad y, al mismo tiempo, continuar siendo tratadas como extrañas por la sociedad mayoritaria. Heredia recurrió a la expresión ‘tierra de nadie’ para describir esa experiencia de no pertenencia y relató cómo, incluso con un doctorado, la competencia profesional puede seguir estando bajo sospecha.
El problema no termina con la obtención del título. El investigador señaló que muchos graduados gitanos acaban trabajando en puestos de mediación o intervención social muy por debajo de su nivel de cualificación, mientras encuentran dificultades para acceder a otros sectores o a las administraciones públicas. Por ello definió el resultado como una situación de “movilidad social incompleta”, puesto que “se rompe el techo educativo, pero no necesariamente el laboral, económico o simbólico”.
Ainoa Jiménez, pedagoga y orientadora laboral, se centró en el trabajo de campo realizado en Cataluña. Su intervención puso el foco en una de las desigualdades menos visibles de la experiencia universitaria. Para muchos estudiantes de primera generación, la universidad es sobre todo un lugar al que se acude para obtener conocimientos y una credencial que permita aspirar a un futuro mejor. Las obligaciones laborales y familiares dejan poco margen para participar en asociaciones, actividades extracurriculares o espacios informales de sociabilidad. Sin embargo, es precisamente en esos espacios donde otros alumnos construyen amistades, contactos y redes que más adelante pueden resultar decisivas para encontrar empleo.

Iván Gallardo, Ana Amador y Rafa Silva compartieron sus experiencias como estudiantes de primera generación universitaria durante la mesa de jóvenes de la jornada UNIMOB.
La mesa de estudiantes trasladó estas conclusiones al terreno de la experiencia personal. El diálogo abordó la distancia entre formación y empleo, la falta de orientación de quienes son los primeros de su familia en llegar a la universidad, el peso de las expectativas familiares, la importancia de las redes de apoyo y las discriminaciones asociadas al origen social, el género y la pertenencia étnica. También cuestionó la idea de que exista un único itinerario educativo válido y reivindicó trayectorias más flexibles, en las que cambiar de estudios, detenerse o elegir la formación profesional no se interprete como un fracaso.
Ana Amador, graduada en Ciencias Biomédicas, explicó que la universidad le permitió formarse en el ámbito que había elegido y convertirse, casi sin proponérselo, en un referente para otros jóvenes gitanos, especialmente para las chicas interesadas en carreras científicas. Sin embargo, advirtió de que el título no conduce automáticamente a una mejora de la posición económica y de que, como mujer gitana, ha tenido que demostrar su capacidad más veces que otros compañeros. “Siempre tenemos la perspectiva de que, cuando estudias, aumentas de clase social. Por desgracia, a nivel de España eso no sucede. Los sueldos no se corresponden con la formación que tenemos”, afirmó Amador.
Iván Gallardo situó su experiencia en las dificultades compartidas por muchos estudiantes de primera generación universitaria. Aunque su paso por la universidad le proporcionó conocimientos, herramientas y acceso a nuevos espacios académicos, el grado y el máster no se tradujeron en una incorporación inmediata a un empleo relacionado con su formación. La falta de referentes familiares también condicionó sus decisiones y le obligó a orientarse en un sistema cuyas reglas desconocía. “No creo que haya cambiado del todo mi posición. Después de sacarte el grado y el máster, no he visto esa movilidad laboral tan evidente ni la posibilidad inmediata de trabajar en lo tuyo o tener mejores perspectivas económicas”, señaló Gallardo.
“No llegamos solos a la universidad; llegamos con las expectativas y los sueños, especialmente en mi caso, de las mujeres gitanas de nuestra casa que no pudieron acceder a los estudios universitarios”, apuntó Rafael Silva, quien puso el acento en la dimensión familiar y colectiva de las trayectorias educativas. Para él, llegar a la universidad no constituye únicamente un logro personal, sino la continuidad de las aspiraciones de quienes no tuvieron la posibilidad de estudiar. Su intervención abordó además la escasa presencia gitana en las facultades, la toma de conciencia sobre el racismo y la dificultad de convertir el capital cultural adquirido en estabilidad laboral.
Seguidamente tuvo lugar una mesa con representantes institucionales para analizar qué pueden hacer las administraciones, más allá de facilitar el acceso a los estudios, para apoyar las trayectorias académicas y laborales de la población gitana. En el diálogo participaron Noa Monràs Glez González, Directora general de Drets Humans i Lluita contra els Discursos d’Odi de la Generalitat de Catalunya; Clara Quirante Soriano, Directora general de Joventut de Catalunya; y Susana Díaz Martínez, Subdirectora general de Polítiques Actives d’Ocupació de Catalunya (SOC).
Las participantes coincidieron en la necesidad de ofrecer un acompañamiento personalizado y continuado, capaz de atender conjuntamente la orientación académica y laboral, la situación económica, la vivienda y el bienestar emocional. También reclamaron una mayor coordinación entre departamentos, administraciones locales y entidades gitanas, para evitar intervenciones fragmentadas o proyectos puntuales sin continuidad. Por último, señalaron que estas políticas deben partir del reconocimiento del racismo estructural, incorporar medidas antidiscriminatorias y garantizar que la diversidad de la sociedad catalana esté mejor representada tanto en la universidad como en las administraciones públicas.
Para finalizar la jornada, Fernando Macías Aranda, profesor e investigador de la Facultad de Educación de la Universidad de Barcelona, y Francisco Vargas Porras, concejal de Participación Ciudadana y Comunicación y concejal del distrito de La Mina en el Ayuntamiento de Sant Adrià de Besòs, compartieron una relatoría final con las principales conclusiones y propuestas surgidas de los debates celebrados durante la mañana.
Macías ordenó los retos en tres momentos: antes, durante y después de la universidad. Antes de llegar a ella, señaló el peso de la segregación residencial y escolar, la desigual distribución de recursos y las bajas expectativas que todavía condicionan las trayectorias del alumnado gitano. Durante los estudios, reclamó que la universidad reconozca sus propias dinámicas de exclusión, revise unos currículos que invisibilizan el conocimiento producido por mujeres y minorías y atienda las necesidades de los estudiantes no tradicionales. Después de la graduación, situó el foco en un mercado laboral que continúa desaprovechando el talento gitano y en unas administraciones en las que su presencia sigue siendo excepcional. Su conclusión apeló a políticas valientes, basadas en evidencias y capaces de reconocer el racismo como una causa estructural de esa infrarrepresentación.
Vargas recuperó, por su parte, los costes personales que habían atravesado toda la jornada, entre ellos la soledad de quienes son los primeros de su familia en llegar a la universidad, el peso de las expectativas acumuladas durante generaciones y la exigencia de demostrar una excelencia permanente, como si equivocarse no fuera una opción. Subrayó además que el verdadero reto consiste en convertir la formación en una inserción laboral acorde con las capacidades adquiridas. Para lograrlo, defendió acompañamientos estables y adaptados a cada persona, políticas diseñadas con participación real de la población gitana y una actuación pública que deje de hablar únicamente de desigualdad y nombre el racismo cuando es el origen del problema. Advirtió, también, que “las políticas tienen que ser suficientemente flexibles para adaptarse a las necesidades de cada territorio y de cada persona, porque no existen soluciones únicas para realidades tan diversas”.
Las conclusiones de UNIMOB apuntan, en definitiva, que llegar a la universidad continúa siendo un logro importante, pero no suficiente. Sin redes de apoyo, oportunidades laborales reales e instituciones capaces de combatir el racismo estructural, el título puede abrir puertas sin garantizar que todas las personas puedan atravesarlas en igualdad de condiciones.
