Entre Cuba, África y Cataluña

Entre Cuba, África y Cataluña

Hace un par de semanas tuve la oportunidad de compartir reflexiones con músicos de Cuba, el Congo y rumberos catalanes en un encuentro organizado por Carabutsí el 16 de mayo, el Día de la Resistencia Gitana. Y salí de allí reforzado en muchas impresiones personales, como músico y como gitano, porque la rumba, como música mestiza, nace de la necesidad de encontrarse, de reconocerse, de celebrar y también de resistir. Eso fue, para mí, lo más importante de aquella jornada: comprobar una vez más que la rumba, aquí, en Cuba o en África, no es solo un sonido, sino una manera de estar en el mundo.

En aquella mesa se habló de muchas cosas, pero yo me quedé, sobre todo, con una idea muy sencilla y muy grande a la vez: músicas como la rumba son hijas del diálogo más espontáneo y natural que puede darse entre culturas y entre pueblos. En este caso, la rumba catalana es indisociable de las músicas cubanas, herederas a su vez de la memoria africana. Y la grandeza está en que esos sonidos que viajaron desde el otro lado del océano encontraron hueco en nuestras reuniones y celebraciones. Podríamos decir que hay un hilo conductor que nos une con Cuba, con África, que nos une con las personas y con los pueblos que gestaron unos ritmos que, atravesados por el flamenco y por lo gitano, se transformaron en rumba catalana. Es un concepto, quizá, difícil de explicar, pero fácil de entender escuchando la música.

Es lo que me sucedió en mi primer viaje a Cuba, con Moncho. Allí tuve una impresión muy fuerte al encontrarme con una cultura musical que, salvando todas las distancias, me resultaba profundamente cercana. Hablo de una manera de vivir la música, de respirarla, de llevarla incorporada, de entender que tocar o cantar no es solo una cuestión técnica o estética. Sentí que compartíamos una clave esencial respecto a la música: que, más allá de lo técnico y de lo estético, por delante estaba lo comunitario. Es más importante tocar con y para los tuyos que hacerlo en un gran escenario. Y aquí lo que prima no es solo la excelencia, que también, sino el respeto por la música y su transmisión de generación en generación.

Y este tipo de encuentros y debates son muy importantes porque nos permiten poner la música en el lugar en el que ya casi nunca se pone, que es en el diálogo dentro de las comunidades y entre diferentes comunidades. Y eso es la rumba. Siento que, a veces, se habla del mestizaje como si fuera una palabra bonita que sirve para todo, pero el mestizaje de verdad no es mezclar por mezclar. No es disfrazar una música con cuatro adornos para hacerla pasar por moderna. El mestizaje bueno, el que vale la pena, necesita raíz, necesita criterio y necesita brújula. Y en la rumba catalana esa brújula tiene que seguir siendo nuestra técnica, nuestro compás, nuestra tradición, nuestra forma de hacer fiesta y comunidad.

Comunidad y Rumba son palabras difíciles de separar. Durante la jornada se explicó también que la rumba catalana no puede entenderse como el invento aislado de una sola persona, porque fue una creación comunitaria, nacida en celebraciones familiares, en calles, en familias, en barrios, en reuniones de adultos, jóvenes y niños. La rumba nace por y para la comunidad; sin eso no hay rumba, lo que hay es otra cosa: mercado.

Por eso hablar del diálogo entre lo gitano, Cuba y África nos sirve para entender mejor nuestra música; sirve para entender que nació abierta a escuchar, a transformarse y a reinventarse, pero desde una premisa básica: la conciencia cultural y comunitaria.

Lo bonito del encuentro del 16 de mayo fue, precisamente, ver a músicos y estudiosos de distintos lugares buscando ese reconocimiento común entre músicas emparentadas y muy vivas gracias a su valor comunitario, más allá de lo comercial. Yo, al menos, salí de aquella jornada más convencido que nunca de que la música, cuando es verdadera, une a personas y pueblos. La rumba catalana es gitana, y eso no debería olvidarlo nadie. Pero precisamente porque es gitana ha sabido dialogar, absorber, transformar y devolver al mundo una música propia y viva. Y si Cuba fue el lugar donde la memoria musical africana se plasmó en un sinfín de ritmos y tradiciones, nosotros también supimos dialogar con Cuba desde nuestra tradición musical y desde nuestra curiosidad hacia el mundo. ¡Así es nuestra rumba!

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