Cuando la música envejece en silencio

Cuando la música envejece en silencio

Hay cosas que, a medida que uno se hace mayor, le remueven por dentro de otra manera, sobre todo, y más aún cuando te afectan en primera persona. Como bien sabéis, estoy llegando a una edad jurásica y hace tiempo que empiezo a quejarme de todo, pero siempre ofreciendo alternativas constructivas a una realidad poco amable. Hoy me quejaré de lo difícil que es afrontar profesional y económicamente la vejez para un músico.

Cuando eres joven, haces todos los sacrificios del mundo para tratar de hacerte tu espacio, tienes fuerza, haces muchas horas de ensayo, muchos kilómetros, muchos bolos, muchas fiestas mayores, muchas horas encima del escenario, pero infinitamente muchas más creando, ensayando, grabando, haciendo promoción, etc. Al final renuncias a los horarios, a la familia, aceptas hacer tu trabajo en condiciones poco regulares, con contratos que van y vienen, con temporadas buenas y temporadas malas, con dinero que entra tarde, mal o nunca. Y haces todo ese sacrificio pensando que llegarán tiempos mejores, que todo cambiará. Pero nada cambia, el mundo del espectáculo -y la economía que hay detrás- continúa con su tiranía.

Con los años, miras atrás y te das cuenta de que has pasado un montón de años corriendo de arriba abajo, haciendo música, haciendo bailar a la gente, divirtiéndola, animando las fiestas mayores, pero cuando ya no eres capaz de correr y luchar como cuando eres joven, te ves fuera de la ecuación que necesita el sistema económico en torno a la música. Entonces, quedas en el olvido, con muy poca cobertura y con una sensación amarga de haber sido útil solo mientras subías al escenario.

Esto no viene de ahora. Hace muchos años que arrastramos esta realidad, pero, como tantas otras cosas relacionadas con la cultura, se ha dejado en un rincón. Se ha normalizado demasiado la precariedad del músico, como si formar parte de este oficio quisiera decir aceptar para siempre la inestabilidad. Como si la pasión tuviera que servir de excusa para que los derechos lleguen tarde, mal o no lleguen nunca.

Y no, la música no es solo una vocación. La música es un trabajo. Es un oficio. Es disciplina, es sacrificio, es salud que se desgasta, es tiempo robado a la familia, es ensayo, es presencia, es oficio aprendido a base de horas, de noches, de decepciones y también de alegrías. Pero sobre todo es trabajo. Y mientras no lo entendamos así de una vez, seguiremos condenando a muchos de nuestros músicos a una vejez indigna.

En los últimos años se han dado algunos pasos. Se han aprobado medidas que permiten compatibilizar la pensión con la actividad artística, y eso, evidentemente, es mejor que nada. Sería absurdo no reconocerlo. Pero también sería absurdo hacer ver que con eso ya está todo resuelto. Porque ni de lejos lo está.

Además de la precariedad en la que te deja el Estado, los músicos mayores tenemos que convivir con otro drama: la falta de cultura musical, de memoria y de respeto por la historia de quienes construyeron este oficio. Y así nos va, que en un país donde demasiado a menudo se toca sin saber de dónde viene lo que se toca, también se deja caer en el olvido a aquellos que abrieron camino, hasta el punto de que al final son los propios compañeros quienes tienen que acabar ayudándose entre ellos.

Mientras tanto, hay otros países que hace tiempo entendieron que el artista no es una anécdota administrativa, ni alguien que ya se apañará. En Alemania, por ejemplo, existe un sistema específico que integra a los artistas dentro de la protección social con apoyo público. En el Reino Unido, determinadas organizaciones complementan la falta de cobertura con ayudas económicas y sanitarias. En Francia, en Canadá, en Australia o en Estados Unidos, con modelos distintos, se han articulado fórmulas más serias para no dejar desamparada a la gente mayor del sector.

No digo que todo lo que hacen fuera sea perfecto. Pero al menos hay una idea de base que aquí aún cuesta demasiado asumir: que una carrera artística discontinua no puede ser castigada como si fuera una anomalía, porque precisamente la discontinuidad en los escenarios forma parte del mismo oficio. La mayor parte de nuestro trabajo está fuera del escenario, y eso todavía ni se comprende, ni probablemente lo hemos sabido explicar. De hecho, los músicos somos expertos en expresarnos terriblemente con palabras racionales.

Creo que se entreve en mi escrito que este no es solo un problema del modelo económico de la cultura, sino también de cómo lo regula el Estado. Al final la víctima es el eslabón más débil de todos: los músicos envejecidos. Tenemos que hablar de las cifras que mueve el mundo del espectáculo, de las cifras que nos llegan a nosotros, de las cotizaciones, de las pensiones y de las alternativas que damos a los artistas cuando llegan a una edad en la que no pueden competir en un sistema tan despótico.

Hablemos también de dignidad, hablemos de todo el bagaje y de todo lo que podemos ofrecer sin tener que hacer kilómetros en la carretera como cuando éramos jóvenes, sin tener que hacer horarios noctámbulos, sin tener que demostrar que estás pletórico de energía cuando ya no la tienes.

Y aquí es donde, al menos en el mundo de la rumba catalana, los músicos mayores todavía podemos tener un papel clave como transmisores de un legado que, si no se cuida, se pierde. Podemos enseñar a los más jóvenes las raíces de nuestra música, qué hay detrás de un compás, de una manera de tocar, de una manera de acompañar, y un montón de cosas más que no encontrarás nunca en un manual o en una escuela de música. Podemos hacer de puente entre generaciones, podemos mentorizar, podemos acompañar a los más jóvenes para que no se pierdan en un mundo cada vez más exigente, donde compatibilizar la vida profesional con la familiar es de una dificultad enorme, y donde no basta con saber tocar o cantar, porque también hay que saber gestionarse y aprender a tomar decisiones profesionales.

Y también podemos seguir haciendo música, con músicos de nuestra generación o con jóvenes que necesitan oficio y ganar confianza en el escenario. Podemos abrirles camino, podemos compartir repertorio, podemos levantar proyectos más humanos, más locales, pero sobre todo más amables con la edad, sin tener que aspirar siempre a llenar salas y estadios a base de nocturnidad, saltos y una energía que el tiempo, sencillamente, ya no te pide ni te da. Quizá también hay un público que no busca eso. Por eso una Casa de la Rumba Catalana, por ejemplo, debería servir también para todo eso: para transmitir, para acoger, para mezclar generaciones y para dar lugar a todo el mundo. Y donde digo rumba catalana, digo cualquier otro género musical, porque de lo que estamos hablando, al fin y al cabo, es de tener las estructuras necesarias para que todo el mundo pueda seguir aportando lo que lleva dentro, independientemente de la edad. No es tan difícil, creo.

Bueno, este gruñón se despide deseándoos: ¡muy buena rumba!

 

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