Fundación Secretariado Gitano y Oxfam Intermón recuerdan el Porrajmos y ponen el foco en los retos actuales en la lucha contra el antigitanismo
La jornada combinó memoria històrica y claves institucionales para abordar el antigitanismo como reto de ciudad.
El 27 de enero, Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, nos obliga cada año a hacer un ejercicio de memoria: recordar qué pasó, cómo pasó y por qué fue posible. La fecha, el aniversario de la liberación de Auschwitz-Birkenau, reclama a la sociedad y a las instituciones preservar la memoria y combatir el odio que conduce a la violencia contra quienes son percibidos como diferentes.
La Fundación Secretariado Gitano y Oxfam Intermón lo han conmemorado organizando conjuntamente el acto “Memòria, justícia i present: la realitat gitana avui”, un espacio para honrar a las víctimas gitanas del genocidio nazi y, al mismo tiempo, poner el foco en el presente, donde el antigitanismo sigue generando exclusión, estigma y discriminaciones cotidianas.
Las oficinas de Oxfam Intermón en Barcelona fueron el espacio elegido para compartir uno de los episodios más silenciados del Holocausto: el genocidio del pueblo gitano y sinti, conocido como Porrajmos (devoramiento) o Samudaripen (asesinato colectivo). Una persecución planificada que condenó a miles de familias a la deportación, la experimentación, el hambre y el exterminio, y que se calcula que afectó hasta a cerca del ochenta por ciento de la población romaní europea.
En el discurso inaugural, Carme Méndez, directora de la Fundación Secretariado Gitano, abrió el acto recordando que hay que mirar al pasado y al presente a la vez. Por un lado, recordó el sentido del 27 de enero, Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, y puso el acento en una ausencia todavía demasiado habitual: el escaso conocimiento que la sociedad tiene del genocidio gitano. En sus palabras, se trata de conmemorar “las víctimas… invisibilizadas”, y denunció que este capítulo de la historia “no sale prácticamente en ningún sitio”, lo que explica por qué una parte importante de la población todavía lo desconoce.
A partir de ahí, Méndez reivindicó la fuerza del pueblo gitano en el presente y señaló una lección que considera esencial en el contexto actual: “en un contexto totalmente individualista la cultura gitana, los gitanos y las gitanas han sabido mantener esa visión comunitaria, colectivista tan importante que deberíamos aprender todos y todas en este momento, en este momento de patriotismos de feria y renacimiento del fascismo que tenemos que vivir en los momentos que estamos viviendo todos y todas.” Aun así, remarcó que, pese al contexto, hay en marcha diferentes políticas públicas que deben permitir hacer frente a los efectos y causas del antigitanismo.
Seguidamente, el dramaturgo Francisco Suárez tomó la palabra para profundizar en este episodio silenciado de la historia europea. Inició su intervención con un recorrido por el contexto y las raíces del antigitanismo, para subrayar que el genocidio no fue un hecho accidental, sino un proyecto planificado y sostenido en el tiempo.
Finalmente, Suárez situó el recuerdo del Porrajmos como una obligación ética y no como un ejercicio de nostalgia. Advirtió que el antigitanismo no pertenece solo al pasado: sigue presente en el discurso político, en los medios y en la calle, a menudo reeditando, bajo nuevas formas, los mismos mecanismos que facilitaron el exterminio: criminalización, deshumanización y exclusión. Por ello, defendió que la conmemoración no puede quedarse en un gesto simbólico, sino que debe convertirse en una exigencia colectiva: reconocer el genocidio como un crimen racial y sistemático, incorporarlo a la educación e impulsar medidas institucionales contra el antigitanismo. “La memoria no es solo recuerdo: es responsabilidad pública”, remarcó.
Suárez definió la memoria como un acto de restitución. “Recordar al pueblo gitano exterminado es rescatar voces que quisieron borrar. Es escuchar canciones interrumpidas, caminos que no pudieron seguir, infancias sin mañana”, reivindicó.
También insistió en que el recuerdo debe tener continuidad y consecuencias. “La memoria no devuelve la vida, pero impide que el olvido tenga la última palabra.” Por ello reclamó que “este acto no sea solo un acto de recuerdo, sino un compromiso”, advirtiendo que “un pueblo sin memoria es un pueblo vulnerable” y que “una Europa que olvida corre el riesgo de repetirse.”
A continuación tuvo lugar la mesa de diálogo “Intents d’extermini i reptes actuals”. Noemí Fernández, responsable del Programa de Igualdad de la Fundación Secretariado Gitano en Cataluña, contextualizó los intentos de exterminio y de asimilación del pueblo gitano como un fenómeno de largo recorrido, anterior al nazismo. Explicó cómo la persecución histórica ha condicionado formas de vida e identidad, y denunció el vacío en la escuela y en la universidad sobre esta historia, señalando que, pese a haber estudiado derecho, no llegó a ver “ni una pragmática que hablara sobre el pueblo gitano”.
En el repaso histórico, puso ejemplos de control institucional, censos y redadas como herramientas de represión, así como políticas y prácticas orientadas a hacer desaparecer la diferencia gitana, incluyendo la negación de la identidad y la persecución de cualquier elemento cultural y lingüístico. También apuntó cómo ciertos estereotipos se han ido consolidando con el tiempo y han afectado a la percepción social del pueblo gitano.
En clave de presente, Fernández describió cómo el antigitanismo sigue materializándose en situaciones muy concretas y repetidas. Puso ejemplos de perfilado policial y remarcó que “está comprobado que a una persona gitana se la para 10 veces más en un control rutinario”. También señaló obstáculos cotidianos en el acceso a derechos básicos, como la vivienda, con situaciones en las que se quiere “ir a alquilar un piso y que no nos digan que está alquilado”.
Como conclusión, vinculó estos ejemplos con el sentido de la jornada y con una idea de fondo: sin derechos garantizados, la discriminación se repite bajo nuevas formas. Por ello, defendió que hay que pasar del diagnóstico a la acción, reforzar las herramientas de denuncia y acompañamiento a las víctimas de discriminación.
La clausura institucional corrió a cargo de Pedro Aguilera, Comisionado de Participación Ciudadana del Ayuntamiento de Barcelona, quien defendió que “la política debe intervenir” y avanzó que el Ayuntamiento aprobaría al día siguiente una medida de gobierno para los próximos cuatro años, elaborada con la participación de entidades y personas gitanas. En este marco, insistió en el cambio de enfoque: “no es una política para el pueblo gitano, es una política con el pueblo gitano”, y situó como primer eje el reconocimiento del antigitanismo institucional, poniendo la Oficina por la No Discriminación al servicio de las personas gitanas y combatiendo la normalización de las discriminaciones.
Finalmente, Aguilera puso el acento en los retos más inmediatos del presente y empezó por la vivienda, reivindicando el “derecho a quedarse” en la ciudad. Amplió el foco señalando que hacen falta actuaciones sostenidas también en educación, salud y acceso al mercado laboral, para hacer efectivos los derechos y reducir desigualdades que todavía condicionan la vida cotidiana.
En la misma línea, situó la cultura como un ámbito clave, “más allá del estereotipo del folklore”, y defendió que hace falta dar más reconocimiento y proyección a las personas gitanas que aportan valor cultural, económico y social a la ciudad, para que esa cultura llegue a todo el mundo.
El acto se cerró con la interpretación al violín de “Gelem, Gelem”, el himno del pueblo romaní, uno de los símbolos más emblemáticos de la memoria colectiva del episodio más oscuro de la historia europea. La canción, escrita por Žarko Jovanović tras haber vivido de cerca la persecución y la experiencia del genocidio, condensa el duelo y la resistencia de un pueblo que lucha por dignificar su pasado, su presente y su futuro.
