Homenot a Juan de Egipto Menor, el Hijo del Viento
_ Nadie me dijo que vendrías a verme. Se remanga las mangas de su pelliza, mirándome con una sonrisa burlona. Tengo doscientas veinte personas a mi cargo, toda la familia. Ancianas y bebés, todos quieren comer dos veces al día. Está cabreado. Cuesta alimentarlos en un paraje como este donde nadie ayuda a nadie, donde las huertas tienen altas vallas y los animales pareciera que oliesen nuestros cuerpos cuando nos acercamos y salen despavoridos en busca de refugio.
Sentado en una piedra caliza erosionada por un viento constante, el del irritante Cierzo, algo apartado de su grupo para recibirme y así tener algo de privacidad, estamos en los montes negros, la región de Los Monegros, entre Zaragoza y Huesca. Me da la sensación que me estaba esperando hace días. Van camino a Barcelona. Hay un caballo precioso que está a cierta distancia, mirándolo constantemente sin perderlo de vista. Enjaezado con atacolas, escarapelas y atacrines con remaches de oro, un animal magnífico color negro azabache y los ojos como dos estrellas vivas y radiantes, lleno de vida que observa a su jinete como quien custodia a un ser querido. Aunque no está cerca de nosotros puedo darme cuenta como olisquea y mira cada cierto tiempo para quedarse tranquilo comprobando que no soy una amenaza. Es como si marcara su territorio advirtiéndome. Eso me hace sentir bien; que un animal tan hermoso desconfíe de mí y esté tan pendiente de mis movimientos y gestos me hace sentir cierto orgullo.
_ Me dijeron que los encontraría aquí, en este desierto. Los habitantes de un pueblo extraño, allá, a cincuenta kilómetros, llamado Comala, la ciudad de…
_ ¡De los muertos verticales! Seres que han perdido el espíritu y que cuando hablas con ellos te dejan una sensación de flojera enfermiza por todo el cuerpo.
_ A eso vine de Comala, a conocerle don Juan. A saber del primer Rromà que ha entrado en estas tierras en la Historia del mundo.
_ No me llames de usted. Tú eres mayor que yo. -Y tiene razón-.
Es como si lo supiera todo. Como una magia que le rodea y que hace que te embeleses a su lado. Su fuerza es irresistible y rotundo su atractivo. Es un hombre bello y elegante. Nacido en Alepo, Siria, Juan se casó en Ancira, actual Ankara, centro de Anatolia en el mayo de mil trescientos noventa y nueve con una prima suya para irse pronto a Constantinopla con su tío que le requirió, por ser el más listo y sagaz de la familia para los negocios. Un tío ya mayor sin hijos varones, padre de su amada esposa, que quería dejarle a Juan todos sus negocios en la capital. Allí, abrió un comercio de seda, plata y joyas de Oriente en el mercado de más señorío y elegancia al oeste de la capital. Sus proveedores eran de Dunhuang (China), Samarkanda y Ctesifonte (Mesopotamia) Pura ruta de la seda.
_ ¿Cuál es tu nombre?
_ Tengo tres. El más antiguo -así me llamaban mis abuelas-, es Anil, el hijo del viento. El nombre con el que me sacramentaron mis padres y con el que me llama mi familia es Odiseo. Y el que me puse por voluntad propia para conseguir el afecto de estos señores de tierras extrañas es Juan. Siempre me gustó Juan el Evangelista, escribía muy bien. Su mirada es astuta, inteligente y viva. Me mira fijándome en su retina: cómo me muevo, cómo ando, cómo miro. Me escudriña con ojos de gato. Mira igual que su caballo. Mis nombres son ya muy antiguos y han dejado escrito en mi piel quién soy.
Sobrevivieron cinco hijos y dos hijas. Denali (”aquella que es grande”) mi esposa.
Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, ya viejo, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin esperar que Ítaca te enriquezca.
Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan todas las Ítacas.
(Camino a Ítaca, de Konstantínos Kaváfis)
*Aquí recomiendo al lector que escuche “Quasi Una Fantasía: String Quartet No. 2, Op. 64. Largo Sostenuto-Mesto, de Henryk Górecki”.
_ Pero mi espíritu se quebró cuando llegamos a los Pirineos imponentes. Cuando ya se me habían muerto tres hijas perfectas en el camino y eran extrañadas. –Su voz se apaga y su rostro se desdibuja. A su cuerpo le domina una rigidez extraña cuando ha mentado a sus hijas fallecidas-. Invocaba a cada una de ellas por ver si aquellas rocas decían su eco con mis palabras al aire. Cada día era más frío que el anterior y las grutas, las cuevas me invitaban a meterme en el inframundo, quería verlas, tenía que verlas, a mis hijas. Cada socavón, cada grieta en la tierra era una puerta al Averno donde poder ver y hablar con mis niñas. Llevaba un cascabel colgado al cuello para recordar que aún estaba vivo. Cavé un agujero en la tierra de un codo por un lado y por otro y en torno vertí una libación en honor a los muertos, primero con una mezcla de leche y miel, después con dulce vino, y en tercer lugar con agua. Por encima esparcí harina blanca de cebada y prometí con intensa súplica que al cruzar los Pirineos sacrificaría la mejor vaca estéril y una oveja negra que con su sangre hiciera revivir las ilusiones muertas. Esa mala hora había de convertirse en confianza y buen deseo. La necesidad me hizo bajar al Hades para consultar al alma de mi niña. Aún no he llegado a una tierra que me dé paz desde que salí de mi casa. Todavía no he hallado ningún país donde sea amado y respetado, sino que voy errante siempre apenado desde que nos alejamos de Constantinopla siguiendo a la divina Luna, la que provee. Pero ahora dime esto y explícamelo con precisión hija mía: ¿Qué destino nos aguarda? Háblame de tus hermanos, de mis nietas, de mis compañeros, de tu madre. Háblame de si mi espíritu podrá reponer las fuerzas con las que antes lo ganaba todo. ¿¡¡Dime mi niña, desde ahí, desde este abismo en el que me esperas cuando ya regrese a la tierra. Qué camino he de elegir!!?
Una voz sutil y delicada, cariñosa, me susurró: “Jamás pienses en otra cosa que no sea vivir, andar, mirar adelante y reponer fuerzas aquí y allá, hasta encontrar el benéfico sosiego del que está en paz con su libertad. Mi sangre será sangre espesa en los descendientes que vendrán. Muchos hijos de hijos y padres de padres agotarán sus vidas en una incansable resistencia. Has de beber el vino negro que nace en aquella tierra de nuestros viejos para poder liberarte de la sed de todo. Una sed insaciable que te recome el alma hasta el tuétano. Yo, padre mío, amado padre, ya dejé de tener sed. Pero mis labios no están resecos, y de mi boca, que huele a jazmín, salen sonidos que procuran revelarte lo que es y lo que será. Lo que yo era solo está en tu recuerdo padre mío, amado padre. De tu recuerdo soy vida, de la tierra soy raíz oscura sujeta a una raíz aún más profunda que me susurra todas las cosas. Serás eterno, perpetua tu herencia, y cuando regreses a mi lado, nada podrá separarnos jamás. Ahora tú, aquí, ¡vuelve! Que ya entona su canto aquel mirlo que anuncia el momento.”
No deseaba volver, necesitaba abrazarla y quedarme con ella. La sangre de la libación fue empapando la tierra negra hasta desaparecer todo sonido audible. Solo el viento quedó como estridentes y sonoras cuerdas de violín en mis abrumados oídos, silenciando la voz que brotaba de la negrura de la tierra. Quedé solo mirando una luna fría que sometía a todo el cielo.
Pude reconocer la voz de mi Indira, mi hija más pequeña que se fue en Francia. -Noto que su voz ya no es voz. Es un oscuro sonido de un metal extenuado-. Estuve vagando yo solo durante cuatro días por las altas montañas nevadas confirmando que la muerte es definitiva ausencia, y por allí perdí el último pañuelo de seda que me quedaba. Pañuelos de la mejor seda china con hilos de oro hindú, bordados por finas manos. Salimos de la región de Constantinopla ante el constante acecho de los otomanos y por no tolerar convertirnos en musulmanes. Alá el Radiante, el creador y divino, era el dios de muchos de mis amigos comerciantes, de mis compañeros de negocios. Pero nosotros amamos a la Luna, no al Sol.
Las nieves hacían palidecer a la naturaleza que se revolvía en toda su plenitud para mostrarse más hermosa y espléndida. ¡¡Los Pirineos costaron mucho!!
*Hasta aquí la escucha de Górecki.
_ ¿A qué has venido a estas tierras?
_ Vine aquí para huir de los malos recuerdos. De las bandadas de pájaros negros que me irritaban el alma y hacían crujir mi conciencia. Cuando te haces mayor te cruje todo: hasta las entrañas chirrían de pura desilusión. –Mira el cielo brillante observando el vuelo de los pájaros, como si entendiera un lenguaje desconocido para mí. Me mira y sonríe, como si las aves le anunciasen cosas favorables de mí-. Mis niñas murieron. Yo ya no soy yo, ni esta tierra es la misma.
El sultán Mehmed I trata de arrebatar mi patria por la fuerza, la ciudad aún no ha caído, pero su insistencia y la desidia cristiana tienen un desenlace inevitable. A los que estábamos fuera de las murallas nos obligaron a profesar la ley musulmana y nosotros nos negamos como siempre a la imposición y al dominio. Promesa hecha a Dios de hacer peregrinación a lugares santos, pasamos de territorios a regiones, por países y condados pasamos con el fin de llegar a rezar junto a nuestro apóstol Santiago en tierras lejanas, allá al fin del mundo conocido, en el extremo de Occidente. Pero ya sabemos nosotros los Rromà que la tierra no acaba ahí, pues estos señores y señoras con las que nos vamos encontrando no conocen nada, apenas sus culpas y pecados. No ven el mundo tal cual es, sino que de estrecho espíritu ven el mundo como de pequeñas son sus almas. El mundo es grande y redondo, infinito en todas direcciones, y está ahí para ser hollado y quebrantado si es necesario. Ya estoy cansado de tanto vagar por tierras extrañas. El Bósforo es mi patria. Aquella ciudad donde tenía comercio y palacio, vida y sepultura, en cielo y mar azul profundo me miraba con mis hijas de la mano. Allí éramos comerciantes y músicos. En cada casa había, al menos, una Rromí que cantaba los cantes más antiguos y un Rrom que sabía hacer los mejores negocios. No hacía frío, cálidas eran las estaciones y los árboles daban sus frutos generosamente. Por las mañanas el mercado se llenaba de voces gritonas que vendían sus productos. Yo me sentaba a la puerta de mi negocio tranquilo y veía pasar a todas las señoras y señoritas vestidas elegantemente, hasta que llegaban mis clientes que eran de ellos y ellas los más eminentes y ricos paisanos. “Somos los hijos del viento”, decía mi abuelita materna, la que me crió hasta los trece años y de la que guardo el tesoro de lo que soy. “Somos hijos del viento, mi pequeño Anil”; en un duermevela salía aquella sentencia de su boca hermosa y fragante. Dejamos el Bósforo, huimos de Constantinopla cuando mejor estábamos. La sentencia de mi viejita se hizo verdad en el mismo instante en el que sonaron los tambores de guerra que tanto tememos.
_ ¿Traéis papeles?
Odiseo me enseña un documento desgastado que saca con mucho cuidado de un bolso de piel ajada. Me lo muestra con una mezcla de orgullo y recelo.
Johannis de Egipto
Alfonsus, et. Als nobles amats e feels nostres vniuerses e sengles gouernadors, justicies, veguers, sotsueguers, batles, sostbatles et altres qualseoul officials e subdits nostres e encara qualseuol guardes de ports e coses vedades en qualseuol parts de nostres regnes e terres al qual o als quals les presents peruendren e serán prosentades o als lochtinents de aquells. Salut e dileccio. Com l’amat e douot nostre don Johan de Egipte Menor, de nostra licencia anant en diuerses parts, entena passar por algunes parts de nostres regnes e terres, e vullam aquell esser bentractat e acullit, a vosaltre e a cadascun de vos dehim e amnam expressament e de certa sciencia, sots incorriment de nostra ira e indignació, que lo dit Johan de Egipto e los que ab ell iran e l’acompanyaran, ab totes ses caualcadures, robes, bens, or, argent, braces, males e altres qualseuol coses que ab si portaren, lexets anar, star e passar per qualseuol ciutats, viles, lochs e altres parts de nostra senyoria, saluament e segura, tota contradicció, impediment e contrast remoguts. Proueint e donant a aquells segur passatge e conduyt, lo qual volem que dur per tres mesos del dia de la data de la present en auant continuament comptadora. Dada en Çaragoça, sots nostre segell secret, a xii dies de Janer. En l’any de la natiuitat de Nostre Senyor Mil cccxxxv.
Rex Alfonsus.
Franciscus Exaloni, mandato regio facto ad relationem Francisci Darinyo
Es un documento oficial, sellado por el Rey cristiano y de obligada atención y cumplimiento. Se puede encontrar en el Archivo de la Corona de Aragón y verse digitalizado.
[Es la exclusión lo que nos hace libres, porque el excluido es aquel que vive en un espacio social al que no pertenece, donde no se le quiere ni acepta. Este desapego trae consigo la definición exacta y absoluta de la Libertad inducida por la exclusión, el rechazo y el repudio. El mecanismo de la libertad se desarrolla naturalmente en un espacio que hay que conquistar desde los márgenes, dando lugar a la pura invención de dicho espacio social, o el lugar que hay que tomar en él. Luego llegará la rebeldía, que no es más que la confrontación con aquel que excluyó, al comprobar éste, pasmado, sorprendido y profundamente confundido, cómo el excluido ha conseguido crear una vida propia. Entonces la queja sonará desde los estamentos e instituciones reguladoras ante la visión atónita de cómo éstos excluidos han logrado sobrevivir y crear un ámbito propio. Después, nuevas leyes intentarán la asimilación, ya imposible. Porque una vez creada esa nueva realidad social instaurada desde la exclusión, estos despreciados no querrán, desde la costumbre asombrosa y divina de la pura Libertad, creer, adecuarse o asimilarse a aquellos que los rechazaron. Ahora las leyes de esas instituciones no sirven en el espacio creado desde el puro ingenio y la preciada supervivencia. La asimilación es, por tanto, tan perversa como miope en su desarrollo e intento de instalarse y establecerse. Quizá una de las perversiones sociales y políticas más evidentes sea el intento de asimilación porque es una fuerza absolutamente contraria a la energía de la Libertad que se crea desde la necesidad del paria, del desarraigado por no haber tenido el respeto, desde un principio, del que ahora pretende su absorción social.]
Odiseo nació el once de enero de mil trescientos ochenta, la tarde en que un ruiseñor cantó hasta morir. Se casó en el mayo de mil trescientos noventa y nueve a la edad de diecinueve años, la mañana en que un delfín subió por el río Éufrates para, según cuentan, bailar delante de los habitantes de una ciudad cuyos pobladores eran gente aburrida, y que se convirtieron a la fe del buen vino y la buena juerga desde entonces. Ha llegado a Aragón el doce de enero de mil cuatrocientos veinticinco. Tiene cuarenta y cinco años exactamente. Cinco años menos que yo. Tenía razón cuando echó las cuentas de nuestras edades. Hoy es una mañana luminosa de finales de enero, de esas mañanas de invierno en las que el sol calienta por misericordia. Sentados los dos hablamos, él en la piedra, yo en otra enfrente suya. Este desierto de los Monegros es árido.
_ Pero cuando llegues a Barcelona verás como todo cambia Juan; el paisaje es hermoso, el Mediterráneo, que ya conoces, hace puerto en la ciudad que un escritor de mi tiempo llamó “la ciudad de los prodigios”. Allí podrás recuperar tu riqueza y el gobierno de tus negocios. Es próspera y provee a todo el reino de virtuoso espíritu y sagaz libertad. Ya conoces cómo es una ciudad con puerto, abierta al mundo para que entre todo lo bueno a tierras del interior. En cambio, te aconsejo que no pises la Castilla católica. Esas gentes son peligrosas porque rezuman la hiel del desprecio, gente triste que huele a claustro hecho de excrementos y ventanas cerradas, aire malsano que desgasta los pulmones hasta ahogarte en un terrible estertor. No dejes de ver el mar y su horizonte, nunca. Aléjate de las encrucijadas que llevan al interior. Huye de crucifijos altos hechos de piedra.
_ El camino es largo. Ahora tengo ya cuarenta y cinco años y siete hermosos nietos. Ellos buscan con su mirada la luz. Su alegría es contagiosa y están sujetos a la voluntad de sus propias ilusiones.
_ ¿Y cuál es la tuya?
_ Me crie rodeado de dulzura y amabilidad, crecí en una familia próspera, en un palacio de Alepo con patios y fuentes sonoras de aguas juguetonas. Mi padre fue un hombre de negocios tan serio que los gobernantes del país venían a nuestro hogar a pedir consejo de Estado. Hasta los diecinueve años fui instruido en el arte de la guerra, educado por maestros de retórica, filosofía y matemáticas; conocí a los mejores músicos discípulos directos de la escuela de Ziryab, el persa. Venían a nuestras fiestas cuando padre los invitaba. Nunca faltaron tiernas y afectuosas nodrizas para criarnos a mí, a mis hermanos y hermanas y a mis primos. La poesía era el lenguaje con que nuestra madre nos enseñó la crueldad de la vida. Ella nos inculcó que la maldad del mundo estaba tan lejos de nosotros como nuestra altura de espíritu debía rechazarla. Crecimos en el amor a la luz que puede esclarecer toda oscuridad del mundo, “porque la oscuridad, mi niño, es la condición para que el pensamiento nazca fértil y valiente”. Decía mi mama. Nos criamos sin miedos, sin moral religiosa, sin atributos sociales. Llenos de arranque y nervio. Desde los quince años jamás tomé una clase de armas sin que mi maestro cayera al menos un par de veces al duro suelo sometido por mi destreza. A los diecinueve años me casé con Denali, el centro de mi vida, que dio a luz a mis seres perfectos. Mis hijas y mis hijos son fruto de la amistad y del deseo. Jamás juzgué a nadie, jamás me sentí juzgado. Y la libertad fue el gran legado de mis antepasados. Mis abuelas hablaban de la India como quien habla del jardín de un paraíso perdido, justificando a la divinidad en su error. Aquella tierra, decían ellas, es nuestra patria. Cuando llegué a Constantinopla, mi venerado tío hizo de mi un hombre feliz conocedor del mundo. Con mi esposa Denali nunca hubo una noche en que nuestra cama no estuviera bendecida. Ella sigue siempre aquí conmigo, a mi lado, peinando mis canas y frunciendo el ceño cuando se enfada. Mirando con los mismos ojos de cuando tenía los quince años recién casados. Somos libres y orgullosos porque llevamos la semilla de la delicadeza en nuestras entrañas. Nada puede cambiar nuestro fondo. En la oscuridad somos luz; en la luz somos la frescura de la liviana umbría. El daño, el golpe, la herida, el desprecio que he conocido aquí en Occidente, en estas tierras, no tienen la fuerza suficiente como para hacernos caer en la tentación de la maldad y la derrota.
Llega hasta donde estamos una niña de tres años tambaleándose al andar con una gracia tierna y dulce, coge la mano de su abuelo y se lo lleva a tirones. El viento del Cierzo sigue dando por saco. La verdad es que la mitad de las últimas palabras que Odiseo me ha dicho no las he escuchado. Así que, en este acto de sinceridad, pido perdón al lector por mi flojera de oído. Y es que este viento zumbón y furioso hace perder a cualquiera el sentido. El caballo los sigue y me echa una última mirada levantando el belfo varias veces, como despidiéndose de mí.
El grupo se pone en marcha mientras aún queda día por delante. Odiseo cabalga su hechizado caballo que pareciera no tocar el suelo. Los carros, tirados por bueyes, son radiantes. Todos van camino de Barcelona con la mirada noble y sincera de quienes no conocen la maldad del mundo. Sus ojos parecen no tener ni iris ni pupila. Ahora me doy cuenta de que nadie, excepto Odiseo y su caballo, ha posado su mirada sobre mí. Las cuencas de sus ojos están vacías. Solo respiran los animales de carga y solo hacen ruido los cachivaches que transportan. Ellos y ellas, ancianas y bebés, no emiten sonido alguno, ni palabra, ni resuello, ni aliento. Cuando se van alejando se desvanecen sus figuras con el viento. Se desdibujan en el horizonte asemejando sombras en un desierto liso y plano.
Deseo que esta familia siga siendo feliz el resto de este siglo quince. El dieciséis será el principio del acoso y de la bestialidad. Serán siglos enteros de oscuridad y ahogo. Los dejo en un cruce de caminos. Yo tiro al Sur. Después de hablar con Odiseo, con Anil o Juan, mi tocayo, creo que los gitanos vienen de un lugar privilegiado, porque ellos y ellas son tan libres que no hay otra explicación posible.
Cuando Odiseo llegue a Barcelona lo primero que hará es acercarse a la orilla del mar Mediterráneo, su mar. Mojará sus manos, sus pies y su larga cabellera con el agua salada. Suspirará profundamente mirando el horizonte. De Odiseo nacerán miles de gitanos y gitanas como olas de mar, en un infinito ciclo de vida y muerte. Y el viento.
Nota histórica. Según estudios historiográficos, ya desde la Edad Media, Egipto la Menor estaba enclavada en la actual Siria o en Chipre (o en ambos territorios según los propios estudios) La siguiente migración constatada se da hacia la actual Turquía, más concretamente a Ankara donde existen documentos que hablan de asentamientos de gitanos en esa antigua ciudad nombrada Ancira antes de las invasiones musulmanas. Tras éstas, y siguiendo con los propios documentos que van apareciendo por toda Europa (Bohemia, Moravia y Silesia cuya capital era Praga, la antigua Praga, Alemania, y luego hacia el Mediterráneo, incluida la sede papal) podemos reconstruir el desplazamiento de estos grupos. Documentos históricos que dejan constancia de que los gitanos pasaron por las cortes y palacios de los reyes de aquellos territorios, y que su consigna era viajar a tierras occidentales para peregrinar a lugares santos (Santiago de Compostela y la visita al apóstol es una de las referencias que encontramos) con la intención de demostrar a toda la cristiandad que su conversión forzosa al islam nunca llegó a darse por ser cristianos de fe y credo. Ese grupo de gitanos que entraron en la península Ibérica en mil cuatrocientos veinticinco venían de esa zona, pues desde el primer documento existente en España firmado por Alfonso V y que está en el Archivo de Aragón, así queda manifiesto. Nos basamos, por tanto, en documentos históricos existentes y custodiados en diferentes archivos y bibliotecas nacionales para sostener que esta migración de Don Juan de Egipto la Menor se dio tal y como de los propios legajos así se deduce. Consiguieron salvoconductos para viajar por toda Europa, traían consigo bulas y cartas firmadas por los más altos mandatarios de Occidente. Todo demuestra la capacidad financiera, las cualidades diplomáticas y la generosidad con que fueron tratados habla de su suficiencia y talento para conseguir cruzar desde Oriente siendo merecedores de trato digno y cortesía aristocrática. En muchos de estos documentos aparecen nombrados en calidad de condes o duques. A partir de finales del siglo quince todo esto cambia radicalmente aquí en España. Los gitanos quedaron “presos”, condenados a vagar miserablemente por España porque las pragmáticas que se sucedieron a partir del año noventa y nueve les obligaron a convertirse en parias abortando sus deseos y pretensiones. Desde ese momento la reconstrucción histórica es innecesaria pues conocemos por nuestra propia memoria viva lo que ocurrió y lo que marcó al gitano y a la gitana a ser lo que actualmente es en España. Desde mi punto de vista, la reconstrucción histórica ha de ser, esencialmente, la reconstrucción de la dignidad. Una cultura como la del gitano y la gitana tiene milenios de vida. Es imposible que esos milenios no tengan importancia ninguna.
