Homenot. Entrevista al joven campeón de Alemania de los pesos semipesados, Rukeli
Este homenot es una ficción, yo no conocí a Rukeli, ni lo entrevisté. Ahora bien, los datos aportados, los hechos que se cuentan son todos ciertos. Pasaron en la realidad entre 1933 y 1943.
Hoy doce de junio de 1933 la tarde en Wilsche es templada y silenciosa, de cielo quieto y pájaros adormecidos, ramas huecas a punto de troncharse y una niebla azul que empapa. He quedado aquí con Johann Wilhelm Trollmann, en su casa. Wilsche es un pueblo cercano a la ciudad del gran puerto, Hamburgo.
Fue aquí, en Hamburgo, donde Adolf Hitler y los suyos inauguraron la primera sede del partido Nacional Socialista Obrero en Alemania, el partido Nazi. Hoy no hay ninguna placa que lo recuerde.
Voy pensando por la Gamsener Strasse, una calle larga que me da el tiempo para decidir cuál será la primera pregunta que le haga al reciente campeón de los pesos semipesados de Alemania. Ganó en un brillante combate hace tres días y las gentes están con el nombre de Rukeli en la boca. “Árbol fuerte” es un campeón asombroso, sobresale por su exquisito y renovador boxeo. Con veintiséis años lograr esta hazaña tiene mucho mérito en un país con un gran número de afiliados a este deporte. Esto nadie lo discute. Lo que sí se discute, algunos sectores cercanos a la política nazi lo hacen, es si esa forma de moverse, bailando en el combate, es aceptable. “Un estilo no suficientemente alemán”, declaran. La noche del combate no quisieron darle el título a pesar de su superioridad en la pelea, alegaron que por un estilo nada corriente. Pero el público bramaba ante la injusticia y al final los jueces tuvieron que tragar su propia petulancia y ceder entregando a Johann su justo título. Los que asistieron la otra noche al pugilato así lo cuentan y hay quien sigue indignado por la baja artimaña que intentaron colar. ¡Un fraude! se escucha todavía por las calles de Berlín.
Este mismo año Adolf Hitler se ha convertido en Canciller imperial y Führer de la Alemania Nazi con unos fieles partidarios a su alrededor que dan miedo solo verlos hablar. Asistir a sus mítines es presenciar una hedionda exhibición del alma más infesta del hombre, del discurso más repugnante y degenerado.
Segismundo en “La vida es sueño”:
Ay mísero de mí. Ay infelice
apurar cielos pretendo
ya que me tratáis así
qué delito cometí
contra vosotros naciendo,
aunque si nací ya entiendo
qué delito he cometido.
Bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.
Una casa digna de dos pisos con una fachada blanca y limpia, una puerta de madera vieja pintada en verde y unas escaleras estrechas me llevan a un cuarto que queda a la derecha donde me recibe limpia y aseada una gitana de cerca de setenta años con hermoso pelo gris que tiende su mano para saludarme con un cigarrillo en la comisura de los labios. Ocho partos no le han despojado de la mirada de niña viva que sigue teniendo. Da una profunda calada al Marlboro sin boquilla.
_ Hola hijo, me ha dicho mi Johann que llegarías. Él está al caer. Siéntate.
_¿Cómo está usted tía?
_Estamos bien hijo. Contentos de que el niño haya ganado el campeonato. No me acostumbro a la dicha. La suerte no está hecha para nosotros los gitanos. ¿Tú eres gitano?
_Si tía. Mi mama y mi papa lo son.
sólo quisiera saber
para apurar mis desvelos
(dejando a una parte, cielos,
el delito del nacer)
¿qué más os pude ofender
para castigarme más?
¿no nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron
¿qué privilegios tuvieron
que yo no gocé jamás?
Alguien sube las escaleras como un búfalo, haciendo un ruido que rebota en el techo de la habitación donde estamos y me asusta. Ella, con su cigarrillo en la mano derecha, lo apaga sonriendo.
_Ya está aquí mi lucero. Mi campeón. Ríe socarrona.
Entra Rukeli saltando como un bailarín del Bolsoi, midiendo cada movimiento que ejecuta con milimétrica finura.
_Hola mama. Hola… Juan??
_Hola Johann. Acabo de llegar de Barcelona. Las cosas del primo Pedro que me ha mandado hasta aquí y me ha pedido que te salude y felicite y te entrevis…
_Ehhh! Sin formalidades. Estarás cansado del viaje. Tienes fonda?
La madre sentada en la falda de camilla, sin decir nada gruñe imperceptiblemente.
_…Me quedaré en un…
_Claro que se queda en casa! Verdad mama? Me lavo la cara y me siento con vosotros en la mesa. Ya estoy reventao de tanto andar y desandar. De aquí a Hannover, de Hannover a Berlín, de Berlín hasta aquí, en autobús de línea. Y a la vuelta, llevo dos días aguantando a mis hermanos y a mis primos de juerga. No paran! Son incapaces de parar. Qué manera de beber!! Ahora les ha dado por un whisky escocés que de escocés tiene lo que yo de rubio.
El boxeador del color de cobre me muestra una herida abierta en la mano. Se sonríe al mirarla con un orgullo de dientes blancos y cejas enarcadas. Va a un cuarto contiguo, coge una jofaina y sin parar de hablar comienza a contarme su combate mientras se asea. Por la ventana abierta a la calle se escucha el canto de una alondra.
_Créeme, el pobre Witt no daba conmigo en el cuadrilátero. Miraba a su derecha y yo estaba a su izquierda y cuando quería encontrarme en el lado opuesto, yo estaba dándole el gancho de la noche. Fue un rival fabuloso pero esa noche me tocó un ángel con el aire de sus alas y me elevé por encima del paralizado Witt que no las veía venir. Avisó cuatro veces la campana antes del asalto final. Allí estaba yo, buscando el costado izquierdo del zurdo cuando se dejó desprotegida la guardia. Entré con todo y Witt se desmoronó en un solo gesto acabando en la negra lona. Todavía tenía nervio, pero no logró recuperarse. Me miró aturdido un segundo y vi cómo perdía el sentido –Johann habla de su rival, Adolf Witt, con admiración y respeto-. El público que llenaba el local berreó, pateó, cantó. Terminado el juego, el juez principal quiso quitarme el título con no sé qué bobo y absurdo alegato. Mi entrenador, que sospecha hasta de su perro, dice que no me miran bien en la federación. Me dice que los nazis han entrado en Alemania y en Europa para hacernos bajar a los infiernos. Yo creo que eso es un disparate. La gente me quiere, se emociona conmigo. A ellas las veo desde el ring tirándome besos y acariciándose el pelo con unas miradas que bien merecen un reino. La gitana vuelve a gruñir sutilmente. Que la gente me quiere, vamos! –mirando a su madre– Después terminaron dándome el cinturón en justicia. Qué noche primo, qué noche! Suspira mientras la alondra se posa en el alfeizar de la ventana. Rukeli la mira, después me mira a mi. Qué noche!!
_Te quisieron robar el título.
_Dice Erich –menciona a su querido entrenador de origen judío Erich Seelig– que se referían a mí como ‘el gitano del bailecito’. Que no me dejarán tranquilo hasta verme en la lona. Que sus necias mentes no comprenden que un gitano gane a los suyos, a los blancos, a los gadjé.
Esa misma tarde Adolf Hitler decidió esterilizar a la población Rrom y dio orden a los centros sanitarios hacer firmar a cada uno de los hombres sometidos al proceso un documento que deberían llevar en sus bolsillos para que la autoridad nazi pudiera identificarlos como gitanos castrados.
nace el ave, y con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma,
o ramillete con alas,
cuando las etereas salas
corre con velocidad,
negándose a la piedad
del nido que dejan en calma.
¿Y teniendo yo más alma,
tengo menos libertad?
Si al hombre se le desubica en el miedo, no hay vuelta atrás, entra en el reino de la confusión y ya no encuentra referencia ninguna, pierde su orientación y su sentido. Hay que tener cuidado con los muertos, hay que cuidar de los cuerpos, los cuerpos sin vida son sagrados. Es lo único sagrado que queda cuando el miedo lo ocupa todo. El ser humano se pierde en el absurdo al no encontrar en su vida lo que la razón le insinúa, esa ingeniosa puta que hace inventar, fantaseando, la realidad, ordenando ciega. Pero esta misma realidad no sirve de nada cuando la guerra asoma y se hace dueña de todo. En la guerra, el ser humano entra en contacto con aquello que está mucho antes de que la razón hable, antes de que la alcahueta y encubridora logre taparlo todo y hacer desaparecer la existencia auténtica.
_Cuando tus tíos te pusieron Rukeli de sobrenombre a mí no me gustó nada. En aquella juerga te tuvieron pegando puños al aire toda la noche. Ellos bebían el vino añejo y tú no parabas de hacerles el juego. Reían y se emocionaban al verte. Eras precioso. Tenías el pelo negro, como ahora, rizado y largo, te llegaba a la media espalda. Naciste un lunes a las tres de la tarde y enseguida pegaste un berrido que espantó a las enfermeras que estaban asistiéndome al parto. Éramos más libres que ahora. Tus tíos eran unos músicos extraordinarios y unos tratantes inigualables. Los señores los buscaban siempre para la venta, porque tenían las mejores yeguas. Así vivíamos con tesón y disciplina. Te criaste como un príncipe. Ahora eres el rey de Alemania… La gitana rompe a llorar ahogándosele la voz.
Rukeli la mira, se acerca a ella y acaricia su pelo con ternura.
_Prosigue la gitana- ¿Y tu papa Johann?!!
_Ya madre, ya. Debemos celebrar. No son momentos de recuerdos tristes –con toda la ternura de la que un hombre es capaz-.
_Si hijo, tienes razón. Pues así nació mi Johann sobrino. Se dirige a mí repuesta totalmente del momento drama queen.
_¿Y si los bichos éstos te quitan el título cuando ellos quieran hacerlo?
_Pues me presento en el cuadrilátero embadurnado de polvos talco, blanco como la nácar, me tiño el pelo rubio como el nazi más nazi de todos los nazis y le arreo a quien sea una bendita hostia que los dejo a todos mudos. Parado, sin moverme en medio del ring les espero.
Unos años más tarde Adolf Hitler da orden de abrir los Campos de Exterminio de Auschwitz, Sobibór y Treblinka. Ya sabéis todos y todas lo que pasó en esos despreciables lugares de un mundo con el sentido perdido, harto de miedo y abuso.
Nace el arroyo, culebra
que entre flores se desata,
y apenas, sierpe de plata,
entre las flores se quiebra,
cuando músico celebra
de los cielos la piedad
que le dan la majestad
del campo abierto a su huida.
¿Y teniendo yo más vida,
tengo menos libertad?
Se escuchan guitarras, cimbalón y violines que vienen calle arriba. Rukeli va a esconderse al cuarto del fondo -¡Decidles que no estoy!– y sale corriendo a su guarida. La madre da unos golpecitos en la mesa siguiendo el ritmo de las guitarras con una sonrisa entreabierta. Los primos de Johann vienen a casa.
en llegando a esta pasión,
un volcán, un Etna hecho,
quisiera arrancar del pecho
pedazos del corazon.
¿qué ley, justicia o razón
negar a los hombres sabe
privilegios tan suave y
excepcion tan principal,
que Dios le ha dado a un cristal,
a un pez, a un bruto y a un ave?
La Gestapo detuvo a Johann en el invierno de 1942 y lo envío al campo de concentración de Neuengamme, cerca de Hamburgo. Llegó al campo el primer día del año cuarenta y tres convirtiéndose en el preso 721/1943. Los kapos se enteraron de que era boxeador y los guardias concibieron una forma de tortura que para ellos era divertida. Tenían malnutrido a Trollmann y sólo le daban algo más de ración de comida si perdía por cao en los combates que organizaban al atardecer.
Mis tobillos están agarrados por una losa de cemento que me arrastra a un fondo de tierra hueca y húmeda. Siento en las plantas de los pies un peso enorme que me traga y me duele. Allí no conocí el bien, solo el mal entero se podía respirar. Comíamos maldad y dolor y las centelleantes estrellitas cada día se apagaban. Mis huesos se quebraron como palillos secos y planos. En el cielo nada se movía y yo era un espectador de mi propia muerte. Ni cuando me apalizaron y descompusieron mi cuerpo pude dar una queja que aliviara mi humanidad pisoteada. Se descargó sobre mí el acento del duro odio enquistado. Nadie supo sobrevivir a aquella matanza implacable y sádica. Una niña de cinco años me miró, me sonrió y entonces decidí morir en este charco de sangre caliente.
He ganado. Aunque aún no lo sepas, he ganado.
Te he dado una paliza sin rozarte.
Una paliza que ya nunca olvidarás,
que ya nunca olvidarán todos tus parientes alemanes.
Porque tú me grabarás los puños en la cara,
porque tú me darás tantos golpes
que mañana podrás decir que casi me desangras,
pero mi imagen frente a ti es un gancho en todo el alma.
Un gancho que ya nunca olvidarás, ni olvidarán,
tampoco las águilas.
Poema escrito por Mohamed Ali a la memoria de Rukeli
Su memoria venció. Él perdió su vida.
A la memoria de todos los palestinos y palestinas que ven como desaparecen y mueren asesinados sus seres queridos en esta miserable matanza en Gaza. Con el barrunto de saber que volverán los tiempos oscuros, y que cuando lleguen sepamos enfrentarnos a los enemigos de la vida, sin miedo.


