CULTURA

Gitanos, una cultura ignorada

Es muy poco lo que se conoce de los gitanos, de su historia y su cultura. Y lo que sabemos no nos llega a través de ellos, sino de miradas ajenas y frecuentemente marcadas por el desconocimiento, el prejuicio y los estereotipos negativos. Y no sólo eso, las fuentes históricas que nos hablan los gitanos no siempre son fiables, además de ser escasas.
La historia de los gitanos no aparece en las historias generales de España. La sociedad mayoritaria y sus poderes han escrito una historia que los tolera, los persigue, los persuade, los intenta asimilar o integrar, según cada momento y cada coyuntura, pero al mismo tiempo los esconde, los somete a procesos de exclusión y marginación en los límites del sistema social dominante.

No nos detendremos especialmente en su origen que, consensuadamente en la actualidad, se localiza en la India. Se sabe que viajaban en pequeños grupos independientes, que hablaban una lengua propia y que con frecuencia decían ser peregrinos, es así como está documentada su primera penetración conocida en la Península Ibérica, a través de los Pirineos. Nos centraremos en la historia reciente, en la trayectoria de relaciones compartidas en los últimos cincuenta años[1].

Finalizada la Guerra Civil, los gitanos comienzan a llegar a las grandes ciudades. Es el momento de la construcción de chabolas o de la ocupación de viejas casas y almacenes en las áreas periféricas. Estos gitanos que llegan, como en sus orígenes, lo hacen en pequeños grupos para evitar la competencia y el enfrentamiento entre familias. Si los recursos son abundantes, avisan a otros miembros de la familia. En estos momentos combinan sus trabajos en las fábricas y obras, de chatarreros y de recogida de cartón con otras tareas temporales, como la recolección en el campo.

Entrados los años cincuenta, la situación empieza a cambiar. Ciudades como Madrid y Barcelona tienen ya un número de inmigrantes interestatales con el consiguiente crecimiento. Los terrenos edificables comienzan a agotarse y se produce la recalificación de terrenos rústicos y forestales. Los gitanos y payos que ocupaban barracas empiezan a ser desalojados. Cada vez hay menos terrenos y la concentración es mayor; es así como se han creado los llamados barrios gueto, que aún hoy existen. Se comienza, en estos momentos, a propiciar las viviendas sociales y muchos payos poco a poco son trasladados, mientras que la mayor parte de los gitanos sufren un traslado tras otro, formando concentraciones chabolistas cada vez mayores.

Este proceso implica para los gitanos un enorme esfuerzo de adaptación para establecer vínculos con su medio urbano y para crear un mínimo de convivencia entre ellos (alianzas entre familias, expulsión de algunos grupos, bodas, etcétera). Y cuando esto es posible, se vuelve a producir una nueva expulsión y un nuevo realojamiento. Las responsabilidades institucionales pasan de un lugar a otro con poco interés o poco conocimiento para resolver los problemas de este sistema de realojamiento.

Durante los años sesenta, la situación mejora sustancialmente. Llega la oferta de trabajo. Se crean nuevas esperanzas, las relaciones interétnicas mejoran, los choques entre payos y gitanos son aislados, los gitanos comienzan a interesarse por la escuela y consecuentemente comienza el interés por la convivencia y el acercamiento entre gitanos y payos.

Pero la situación cambiará nuevamente con los primeros años de la crisis: los gitanos vuelven a ser desplazados. Los años setenta y ochenta son para los gitanos una época triste. Se quedan sin trabajo y con grandes frustraciones en las esperanzas que habían generado, y de nuevo tienen que recurrir a sus estrategias productivas, en especial desarrollando la venta ambulante.

Este rápido recorrido por la historia reciente de los gitanos nos permite entender la historia de inclusiones y exclusiones del pueblo gitano por parte de la sociedad mayoritaria, que parece tener un comportamiento estrictamente utilitario en la oferta de oportunidades para ellos tanto como en su exclusión, un utilitarismo que sólo se entiende como subsidiario a las grandes corrientes económicas y laborales de cada coyuntura. A estos factores estructurales se unen otros más claramente culturales, que pueden inclinar la balanza de uno u otro lado de la integración o la exclusión social cuando las condiciones no favorecen de una forma más clara a las opciones disponibles para ellos en una o en la otra alternativa. Así, por ejemplo, a menudo se les pide a los gitanos que se integren dentro de la sociedad paya, pero entendiendo esta integración como asimilación. Deben dejar de ser gitanos para que se les conozca el derecho de entrar, integrarse cívicamente en el sistema mayoritario. Integrarse no debe implicar asimilarse, “dejar de ser para pasar a ser otro que no se es”, sino tener los mismos derechos en referencia a un trabajo, una vivienda, el acceso a la sanidad o a la escuela, compartir con el común de la población un estatuto de ciudadanía que recoge estos derechos fundamentales y otros, y que impone responsabilidades que no tienen sentido sin el disfrute simultáneo de los derechos, porque unos son la consecuencia y la contrapartida de los demás.

[1] En esta exposición de la historia reciente de los gitanos en nuestro país sigo y me remito para una exposición más detallada en T. San Román (1997), La diferencia inquietante. Viejas y nuevas estrategias culturales de los gitanos, Madrid: Siglo XXI
Escrito por Carme Méndez.

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