ARTE

El Flamenco, patrimonio de los gitanos

La conciencia colectiva de los gitanos, el sentido de pertenencia, se fundamenta, más que en ninguna otra cosa, en un sentimiento, en una emotividad y en un compromiso ético que nos vincula con nuestro pasado y nos obliga a transmitirlo a las nuevas generaciones. Ser gitano no se vistió de una forma u otra, tener un oficio u otro, vivir en un lugar u otro, o, incluso, expresarse de una determinada manera, ya que todo esto depende de la época y de las condiciones ambientales y educativas de cada familia y de cada individuo. Además, esta visión de la identidad gitana parte de un prejuicio racista que se nos impone desde fuera. Ser gitano, por tanto, es más una actitud de vida, una “manera de estar” más que una “forma de ser”. La dificultad que tenemos muchas veces para establecer un estándar cultural gitano a través de cual podamos exteriorizar y hacer visible nuestra identidad colectiva, en unos términos propios que no puedan ser manipulados y tergiversados desde el exterior por los prejuicios racistas, es, precisamente, entre otras razones, consecuencia directa de esta intangibilidad, de esta abstracción de la esencialidad gitana, que cada gitano expresa desde su propia realidad de vida y desde su sensibilidad, pero que tiene este nexo común que Antonio Mairena llamó la “razón incorpórea”, y que él define de la siguiente forma:

La Razón Incorpórea, es algo impalpable e indefinible que se tiene que sentir y respetar para ser un buen gitano. La Razón Incorpórea es nuestro honor, la base de la cultura gitana, el conjunto de nuestras tradiciones y de nuestros ritos antiguos: algo que sólo entiende un gitano como Dios manda y que sólo los gitanos viven. La Razón Incorpórea es intransmisible e ininteligible fuera de nosotros, porque no se puede conocer de verdad lo que no se puede oír. Sólo se nos permite expresarla mediante metáforas. La Razón Incorpórea es la fuente de inspiración inagotable del canto gitano y del cantador, y él la expresa de forma intuitiva a través del duende…

Por ello, el canto gitano, o flamenco, no sólo es el patrimonio cultural de los gitanos andaluces y españoles, es, sobre todo, el vehículo a través del cual se expresa una gitaneidad verdadera y limpia, desprovista de todo lo insustancial y espurio que los prejuicios y las discriminaciones le han ido echando encima a través de los siglos.

El flamenco es el libro sonoro en el que está escrita la historia de un pueblo. Un libro escrito en las páginas del aire por miles de voces gitanas a lo largo del tiempo. En este libro incorpóreo están las letras de nuestros cantos que hablan de la pena y de la pobreza, del amor y de la alegría, de la lucha de los hombres para vencer la fatalidad de un destino que le viene impuesto sólo por el hecho de haber nacido de una madre gitana. Por este motivo los cantos gitanos puros no hablan nunca del conjunto de los hombres o de un hombre abstracto, sino que lo hace de un hombre concreto, un hombre gitano que habla de sí mismo.

Este y no otro es el secreto de la grandeza de una música, que, hoy por hoy, se considera en el mundo entero la más singular, genuina y admirable señal de identidad cultural de nuestro país. Esta capacidad de fascinación que el flamenco ejerce sobre los públicos de cualquier cultura y de cualquier lengua, surge de su autenticidad y de su credibilidad. El flamenco llega al corazón de las personas porque es la verdad de un pueblo.

Granada, Nº24, Danza de Gitanos. - The old curiosity shop, Enrique Linares, Granada.

Granada, Nº24, Danza de Gitanos. – The old curiosity shop, Enrique Linares, Granada.

El esguince de los cantes gitanos no es un dolor fingido o inventado. Su queja no es una queja aprendida para adornar una nota musical. El cante gitano expresa la queja y el dolor porque esa es su razón de ser, porque el dolor y la pena fueron el manantial puro del que sus creadores bebieron para poder exteriorizar un sentimiento que se ahogaba en el silencio y la impotencia. Flamenco y gitano han sido sinónimos a lo largo de la historia. Los diferentes estilos o matices que constituyen los cantos fundamentales del flamenco, responden a las familias gitanas que los crearon y difundieron. Si decimos: bulerías de Jerez, tangos extremeños, o solea de Alcalá, para diferenciarlos de otros estilos, en realidad estamos hablando de la forma en la que los gitanos de estas poblaciones hacen estos cantes.

Desde los primeros cantores de los que se tiene testimonio escrito, como el Tío Luis de la Juliana, El Planeta o el Fillo, de mediados del siglo XIX, pasando por el nitrito, Enrique el Mellizo, Manuel Torre, Tomás Pavón, su hermana, la Niña de Los Peines, Antonio Mairena, Manolo Caracol, Antonio Núñez el Chocolate, Manuel Agujeta, Terremoto de Jerez, Fernanda de Utrera, o Porrina de Badajoz, hasta llegar a Camarón de la Isla, toda la historia del flamenco es un continuo de familias y estirpes gitanas con nombre y apellidos. Cada seguiriya, cada soleá, cada polo y cada caña que tienen un matiz propio que las singulariza del resto, lleva el apellido de una familia o de un cantaor o cantaora gitana que la matizó de esta manera. En realidad, el flamenco es la banda sonora de la historia de los gitanos españoles. Ha nacido al calor de las familias gitanas de Jerez, de Sevilla o de la Plaza Alta de Badajoz, y con ellas ha viajado por los caminos montado en yeguas, ha forjado rejas y llaves de gancho en las fraguas, o ha vendimiado los cortijos andaluces.

En una entrevista que le hicieron en el “Mercantil Valenciano” en 1933, Federico García Lorca, dejó para la historia unas preciosas palabras que definen mil veces mejor que lo que podamos decir nosotros aquí, la incuestionable patrimonialidad gitana del flamenco: “Desde Cádiz hasta Sevilla, 10 familias de la más impenetrable casta pura, guardan con avaricia la gloriosa tradición de lo flamenco”. Junto con el testimonio de Lorca, están los de algunos de los mejores músicos de la historia de España, como Falla, Albéniz o Turina, y actualmente, los de valiosísimos escritores y poetas de la talla de Félix Grande, Juan Manuel Caballero Bonald, Ricardo Molina, o Francisco Vallecillo, entre muchos otros, que han defendido de una manera clara la pertenencia gitana de la esencia y de la integridad del flamenco.

Es cierta la presencia de cantaores no gitanos de gran valor artístico, como Silverio Franconetti, Antonio Chacón, Manuel Vallejo, Pepe Pinto, y otros más recientes como José Menese, o Miguel Poveda, a los que es preciso reconocer y respetar, pero casi todos, por descontado, los más importantes, aprendieron el cante por su estrecha relación con los gitanos, algunos incluso, a través de vínculos matrimoniales. Sin embargo, los que quedan en la memoria son una cifra insignificante comparada con la pléyade de geniales artistas gitanos de todos los tiempos que se pueden contar por miles.

Si una música popular es la que crea e interpreta el pueblo de manera mayoritaria y habitual, sin necesidad de ir a ninguna escuela ni que nadie se lo enseñe, no es cierto que el flamenco sea la música popular de Andalucía y mucho menos la de España. La inmensa mayoría de los andaluces, que son muchos más que los habitantes de Sevilla, Cádiz o Jerez, no sólo ni cantan ni bailan flamenco, sino que ni siquiera la escuchan habitualmente. Ni las sevillanas, ni los fandangos de Huelva ni los cantos del Rocío, pueden considerarse, en puridad, flamenco, si no folclore andaluz, muy bello y digno, pero que es otra cosa, a pesar de lo cual, también esta música es minoritaria y su práctica está circunscrita a eventos festivos muy concretos, como todo el mundo sabe.

Pero el flamenco sí es la música del pueblo gitano. No sólo de los andaluces y de los extremeños, sino de los de toda España. Los niños gitanos, cuando aún no saben casi ni hablar, ya saben entonar el cante, y antes de andar con soltura, ya saben cómo se da una patá por bulerías. Todavía no han tenido tiempo de aprender, pero lo saben porque son portadores de un sentido natural del compás que le viene de la noche de los tiempos. La han adquirido de sus padres antes y después de haber nacido, que también lo heredaron de los suyos, y de la misma manera durante generaciones y generaciones. Los gitanos vivimos el flamenco como se vive el aire o la luz del sol. Para nosotros el cante y el baile es lo mismo que ser lo que somos. No hacemos flamenco, nosotros somos el flamenco. Está en nuestro ADN. Es nuestra herencia y nuestro legado. El flamenco es la bandera de la cultura de los gitanos españoles. Lo más auténtico, lo más propio y lo que más nos identifica. La cultura gitana es incomprensible sin el flamenco y el flamenco es impensable sin los gitanos. Debatir esto no tiene ningún sentido, que, por tanto, sólo motivaciones espurias y ajenas a la cultura pueden inducir a aquellos que se empeñan en negar esta realidad.

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En los últimos años, gracias a la aparición de figuras tan emblemáticas como Camarón de la Isla, Diego El Cigala, José Mercé y otros artistas, gitanos, en su inmensa mayoría, de la misma manera que gracias a la revolución de los medios de comunicación de masas, y al gran apoyo institucional y económico, el flamenco ha entrado en una nueva etapa en la que cada día crece el número de aficionados y adeptos tanto en nuestro país como fuera y está muy presente en los grandes escenarios de España y del mundo.

Sin embargo, el control absoluto de la producción y distribución o lo que podríamos llamar “la industria del flamenco”, por parte de personas no gitanas, la mayoría de ellas con una clara animadversión hacia los artistas gitanos, que tienen el apoyo de instituciones políticas guiadas muchas veces por intereses ajenos a la música y con frecuencia también impregnadas por prejuicios, está provocando una desgitanización del flamenco profesional, una auténtica “limpieza étnica artística”, basada en la marginación y el ostracismo de los profesionales gitanos y la potenciación de una nueva generación de intérpretes no gitanos, surgidos muchos de ellos, de concursos televisivos, de algunas peñas, y de las academias de flamenco, que, sin querer negarle el mérito que puedan tener, están recreando un nuevo flamenco desprovisto de la fuerza intuitiva y verdadera que hace que esta música sea lo que es.

El flamenco constituye una aportación gitana en la cultura común de nuestro país, tan determinante en su conformación ética y estética, como ha podido ser la influencia árabe o la judía. Y es, precisamente, el reconocimiento actual de la importancia del flamenco en la cultura española, lo que motiva esta voluntad de “purificarlo”, de exonerarlo de este “pecado original” que es su gitaneidad. Por ello, en el fondo de todo esto subyace una actitud vergonzante, por parte de ciertos sectores políticos, culturales y artísticos, que se niegan a reconocer que uno de los estandartes más principales y, sin duda, el más representativo en el exterior, de la cultura española, deba adjetivarse como gitana, un término que el racismo ha convertido en sinónimo de marginalidad, delincuencia y conflictividad.

Este y no otro es el motivo de la ocultación y de la omisión de la gitaneidad de los artistas gitanos más representativos tanto del pasado como de la actualidad, junto con la marginación y el desprecio de los escenarios y de los grandes medios de comunicación de la mayoría de ellos. Al mismo tiempo, se puede ver cómo se promociona y se magnifica, muchas veces hasta extremos que casi se convierten en ridículos, la calidad artística de intérpretes no gitanos, a los que se les presenta como si fueran los más grandes o los nuevos padres del flamenco.

Cuando desde los medios de comunicación se ignora la condición gitana de los artistas importantes del flamenco, a los que se les presenta simplemente como andaluces, extremeños o españoles, no se hace con un afán de normalización o de integración cultural, lo que podría llegar a ser respetable, ya que estos mismos medios, cuando informan de casos de delincuencia, de peleas o sobre los habitantes de las barriadas de chabolas, a los que llaman “supermercado de la droga”, propagan a los cuatro vientos que sus protagonistas son gitanos . Dicho con otras palabras; sólo somos gitanos por lo malo, pero por lo bueno, por lo que dignifica nuestra imagen, y nos llena de orgullo, sólo nos presentan como andaluces o españoles. Lo injusto y cínico de esta actitud, tan común en los medios de comunicación es tan evidente que no hace falta seguir insistiendo más en ello.

Este intento de reinventar la música gitana sin gitanos, constituye un verdadero saqueo cultural a los gitanos españoles, a los que se les pretende despojar de lo más preciado que poseen. Pero además, significa un gigantesco fraude a un público, que se acerca a la música flamenca atraído por una autenticidad y una sinceridad que sin los gitanos el flamenco no posee, ya que ellos son el alma del flamenco, los que lo hacen creíble y le otorgan la magia que la ha convertido en una música sublime. Desgitanizar el flamenco es quitarle su alma y su razón de ser. Sin estos dos elementos constituyentes, la excelsitud de la música flamenca pasaría a ser historia, y la cultura española y andaluza, perdería una de sus referencias más singulares y verdaderas.

Tristemente, este proceso ya ha comenzado hace tiempo con el empeño de los medios de comunicación y de los promotores artísticos, de difundir y popularizar un tipo de flamenco, amanerado y fingido, cargado, por un lado, de un barroquismo costumbrista que lo extraña y transfigura, y, por otro, de unas pretensiones estilísticas y unos excesos escénicos que le son ajenos, pero con los que se pretende suplir la vaciedad de este flamenco zonzo que se está imponiendo cada día más.

Todo este proceso se apoya en una especie de revisionismo cultural carente de fundamentos, pero con un gran poder de divulgación, según el cual, ahora, después de tanto tiempo de olvido, el flamenco resulta ser “la música popular de Andalucía que se fue creando a través de los siglos por el conjunto del pueblo andaluz, con cierta aportación de algunos grupos sociales marginados“, tal como dice la declaración del Parlamento de Andalucía en la exposición de motivos mediante la cual se solicita a la UNESCO que el flamenco sea declarado Patrimonio Artístico de la Humanidad. Una declaración sobre la génesis y naturaleza del flamenco, en la que no hay ni una sola referencia a los gitanos andaluces ni españoles, a los que seguramente se refieren cuando dicen habla de “grupos sociales marginados”.

Esta declaración del Parlamento Andaluz, es el más claro ejemplo de todo lo anteriormente expuesto, y constituye la culminación de una estrategia encaminada a negar la patrimonialidad gitana del flamenco, que se ha creado desde hace muchos años por parte de determinados círculos de “flamencólogos”, más movido por motivaciones racistas que artísticas, pero que ahora ha sido asumida por las instituciones políticas de una forma tan populista y frívola, que parecen no ser conscientes de las consecuencias que para la cultura española puede tener esta banalización la música flamenca.

Impedir que esta estrategia acabe triunfando, requiere de todos los artistas gitanos una postura de resistencia a la marginación y de reivindicación de su presencia en los escenarios y en los medios de comunicación, pero también el pueblo gitano en su conjunto debe asumir un compromiso mayor para preservar y enriquecer un patrimonio cultural valiosísimo y único, del que es depositario. Para lo que no hay suficiente con la autocomplacencia y egocentrismo étnico, que nos lleva a conformarnos con “sonar gitano”, sino que hace falta que las facultades artísticas innatas se pongan al servicio del estudio y del conocimiento.

Las actuales y futuras generaciones de artistas gitanos no deben olvidar nunca las grandes figuras históricas de las primeras décadas del siglo XX, verdaderos revolucionarios del cante flamenco, cuya obra es muy difícil de superar. Ellos, con su voz desnuda, sin más acompañamiento que unas palmas y una guitarra y desde la humildad y la sencillez de los grandes genios, levantaron la inmensa catedral musical llamada cante gitano o flamenco tal y como ha llegado a nosotros y de la que somos depositarios.

Por ello, es necesario que los cantaores actuales, sepan combinar de forma armoniosa la fidelidad a las raíces y el dominio de los cantes puros y verdaderos, con las innovaciones propias de los nuevos tiempos, al igual que con la evolución inherente a cualquier cultura viva, pero sin que los modismos coyunturales y espurios, acaben convirtiendo la música gitana en una caricatura de sí misma, ya que si lo hacemos de esta manera seremos los verdaderos responsables del proceso de expolio cultural que aquí denunciamos.

Por todo ello, sería de justicia que antes de reconocer el flamenco como patrimonio de la humanidad, fuera reconocido como patrimonio del pueblo gitano.

Artículo original de la revista O Tchachipen nº 34.
Escrito por Agustín Vega.

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